PARTE 2: LA BOFETADA QUE DESENTERRÓ EL EXPEDIENTE PROHIBIDO

La hacienda estaba iluminada como un palacio.

Más de trescientos invitados caminaban entre jardines, fuentes y arreglos de orquídeas blancas mientras una orquesta interpretaba música en vivo.

Valeria avanzaba con una bandeja de copas de champaña.

Solo quería terminar aquella noche.

Después desaparecería para siempre de la vida de los Landa.

Renata la observó desde el centro del salón.

Esperó el momento en que todos los empresarios, políticos y periodistas estuvieran reunidos alrededor de la pista principal.

Entonces levantó la voz.

—¡Tú!

Toda la conversación se detuvo.

Valeria giró con tranquilidad.

—¿Sí, señorita?

Renata caminó lentamente hasta quedar frente a ella.

Sonreía.

Pero era una sonrisa llena de desprecio.

—Recuerda cuál es tu lugar.

Tomó una copa de la bandeja.

La dejó caer deliberadamente sobre el vestido de Valeria.

El cristal estalló contra el piso.

Varios invitados comenzaron a grabar.

Renata dio un paso más.

—Las sirvientas sirven.

No opinan.

No sonríen.

Y mucho menos creen que pueden llamar la atención de hombres que jamás estarán a su alcance.

Diego intentó intervenir.

—Renata, basta.

Ella lo ignoró.

Levantó la mano.

Toda la sala contuvo la respiración.

La bofetada jamás llegó.

Valeria atrapó su muñeca en el aire con un movimiento limpio, preciso y casi invisible.

No la apretó.

No la lastimó.

Simplemente detuvo el golpe.

Renata abrió los ojos con incredulidad.

Intentó soltarse.

No pudo.

Valeria habló por primera vez.

—No voy a permitir que me golpee.

Su voz era serena.

Sin rabia.

Sin miedo.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Uno de los escoltas de la familia observó la escena con atención.

Frunció el ceño.

—Ese movimiento…

Lo conozco.

Valeria soltó inmediatamente la mano de Renata.

Dejó la bandeja sobre una mesa.

Pensó que aquello terminaría allí.

Pero don Ernesto ya se había puesto de pie.

Miraba fijamente a Valeria.

Como si acabara de recordar algo.

—¿Dónde aprendiste esa técnica?

Ella guardó silencio.

—Hace muchos años.

El anciano dio un paso adelante.

—Solo la utilizaban los equipos de protección de una unidad muy específica.

Valeria bajó la mirada.

—Eso quedó atrás.

Renata soltó una carcajada nerviosa.

—¿Ven?

¡Ni siquiera es una simple empleada!

¡Nos ocultó quién sabe qué!

En ese instante apareció un hombre de traje oscuro acompañado por dos agentes ministeriales.

Mostró una credencial.

—Busco a la señora Valeria Reyes.

Todo el salón quedó inmóvil.

Renata sonrió satisfecha.

—Lo sabía.

Algo hizo.

El hombre negó lentamente.

—Venimos a entregarle esto.

Sacó un sobre sellado con el escudo de la Fiscalía General.

Valeria lo reconoció inmediatamente.

Su rostro perdió el color.

No esperaba volver a verlo jamás.

—¿Qué contiene? —preguntó Diego.

El funcionario respondió con calma.

—Un expediente clasificado que acaba de ser desreservado por orden judicial.

Don Ernesto observó el número del archivo.

Dejó escapar el aire lentamente.

—Ese expediente…

Pensé que había desaparecido.

Valeria cerró los ojos unos segundos.

—Debió permanecer cerrado.

El funcionario negó.

—Ya no es posible.

La persona que ordenó ocultarlo falleció hace dos meses.

Y la investigación se reabrió.

Renata cruzó los brazos.

—Ábranlo.

Quiero saber qué clase de persona trabaja en esta casa.

El sobre fue abierto delante de todos.

La primera hoja cayó sobre la mesa.

Era una condecoración oficial.

“Reconocimiento por acto heroico durante el atentado del Hotel Imperial.”

Después apareció un informe.

“La agente Valeria Reyes protegió al empresario Ernesto Landa utilizando su propio cuerpo como escudo.”

Los invitados comenzaron a mirarse confundidos.

Don Ernesto levantó lentamente la vista.

Sus manos temblaban.

—Fuiste tú…

Valeria no respondió.

El anciano dio otro paso.

—La mujer que recibió el disparo aquella noche…

Eras tú.

Ella asintió en silencio.

Diego quedó inmóvil.

—¿Mi padre sabía quién eras?

Don Ernesto cerró los ojos.

—Sí.

La contraté personalmente después de recuperarte.

Quería agradecerte salvándote del peligro y dándote una vida tranquila.

Pero prometí que jamás revelaría tu identidad.

Renata sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Había humillado delante de trescientas personas a la mujer que años atrás había salvado la vida del dueño de la familia.

Pensó que aquello era lo peor.

Entonces el funcionario sacó la última carpeta del expediente.

—Todavía falta una parte.

La dejó sobre la mesa.

En la portada aparecía una advertencia en letras rojas.

CONFIDENCIAL – SOLO PARA LA FAMILIA LANDA

Don Ernesto la abrió lentamente.

Después de leer la primera página, levantó la vista hacia Diego con lágrimas en los ojos.

—Cancela el compromiso.

Diego frunció el ceño.

—¿Por qué?

El anciano apenas pudo responder.

—Porque la investigación concluye que el atentado nunca fue obra de un desconocido…

La persona que pagó para que me mataran pertenece a la familia de Renata.

Y el principal sospechoso lleva doce años sentado en nuestra propia mesa.

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