PARTE 2: El Pastel Antes del Amanecer

El taxi avanzó lentamente bajo la lluvia.

Las gotas resbalaban por la ventanilla formando caminos irregulares que distorsionaban las luces de la ciudad. Dentro del coche, el silencio no resultaba incómodo. Era un silencio extraño, cálido, como si ambos estuvieran dejando atrás algo que ya no merecía una palabra más.

Yo seguía sosteniendo el pequeño pastel sobre las piernas.

Tenía escrito con una caligrafía sencilla:

“Feliz cumpleaños, Ruan Nuo.”

No pude evitar preguntar en voz baja:

—¿Lo compraste… para mí?

Xiao Ye giró apenas la cabeza.

—¿Hay alguien más que cumpla años esta noche?

Sonreí por primera vez desde que había entrado al bar.

Era una sonrisa pequeña.

Pero completamente sincera.

Después de unos segundos, bajé la mirada.

—Gracias.

Él permaneció callado.

Como si aquel agradecimiento fuera suficiente.


El automóvil se detuvo frente a un edificio de apartamentos situado a unas calles de la universidad.

No era un lugar lujoso.

Pero sí sorprendentemente limpio.

Subimos en ascensor hasta el séptimo piso.

Cuando Xiao Ye abrió la puerta, me quedé inmóvil.

Había imaginado el apartamento de un estudiante despreocupado.

Ropa tirada.

Cajas de comida.

Videojuegos.

Pero todo estaba impecablemente ordenado.

Había una estantería llena de libros.

Una guitarra apoyada junto al sofá.

Varias plantas verdes junto al balcón.

Y, sobre una mesa, una pequeña figura de madera sin terminar de tallar.

Notó mi curiosidad.

—La hice yo.

—¿Tallaste eso?

Él asintió.

—Cuando necesito pensar.

Nunca habría imaginado que el chico al que todos describían como frío tuviera un pasatiempo tan tranquilo.

Parecía que nadie lo conocía realmente.

Ni siquiera Lu Heng.


Xiao Ye dejó el ramo dentro de un jarrón improvisado.

Después encendió una lámpara de luz cálida.

Toda la habitación adquirió un ambiente acogedor.

—Siéntate.

Fue a la cocina y regresó con dos tazas de chocolate caliente.

—Hace frío.

—No quiero que te resfríes.

Tomé la taza entre las manos.

El calor me recorrió lentamente los dedos.

Durante varios minutos ninguno habló.

Hasta que él señaló el pastel.

—¿Quieres pedir tu deseo?

Asentí.

Encendió una única vela.

La pequeña llama iluminó nuestros rostros.

Cerré los ojos.

Durante un año entero había pedido exactamente el mismo deseo.

Que Lu Heng me quisiera un poco más.

Aquella noche comprendí que había desperdiciado demasiados cumpleaños esperando algo que nunca llegaría.

Respiré hondo.

Y cambié de deseo.

“Ojalá algún día deje de conformarme con quien solo sabe hacerme sentir insuficiente.”

Abrí los ojos.

Apagué la vela.

Xiao Ye aplaudió una sola vez.

Muy despacio.

Como si aquel momento mereciera ser celebrado.


Cuando cortó el primer trozo de pastel, me lo ofreció.

—La cumpleañera primero.

Probé un pequeño bocado.

Era de chocolate.

Mi favorito.

Lo miré sorprendida.

—¿Cómo sabías…?

Él respondió con total naturalidad.

—Hace unos meses dijiste en la cafetería que el pastel de vainilla era demasiado dulce.

—Pensé que preferías el chocolate.

Me quedé congelada.

Ni siquiera yo recordaba aquella conversación.

Él sí.

Sin darse cuenta, había prestado atención a detalles que mi propio novio jamás había notado.

Una punzada amarga atravesó mi pecho.

No por Xiao Ye.

Sino por todo el tiempo que había perdido.


Mi teléfono comenzó a vibrar sin descanso.

Una llamada.

Dos.

Cinco.

Diez.

Todas del mismo nombre.

Lu Heng.

Lo observé durante unos segundos.

Hasta que la pantalla volvió a iluminarse.

Mensaje.

“¿Dónde estás?”

Otro.

“Deja de comportarte como una niña.”

Otro más.

“Vuelve. Tenemos que hablar.”

Solté una risa sin humor.

—Qué curioso…

Xiao Ye levantó la vista.

—¿Qué pasa?

Apagué la pantalla.

—Hace una hora no le importaba perderme.

—Ahora parece que no soporta no encontrarme.

Xiao Ye no comentó nada.

Simplemente deslizó hacia mí una pequeña caja de pañuelos.

Como si supiera que no necesitaba consejos.

Solo tiempo.


A medianoche exacta sonó el timbre.

Los dos nos miramos al mismo tiempo.

Nadie esperaba visitas.

Xiao Ye frunció ligeramente el ceño.

Se levantó.

Caminó hasta la puerta.

Antes incluso de abrirla, una voz conocida atravesó el pasillo.

—¡Xiao Ye!

—Sé que Ruan Nuo está contigo.

Era Lu Heng.

Su tono ya no tenía la calma de siempre.

Golpeó la puerta una segunda vez.

Más fuerte.

—¡Abre!

Xiao Ye permaneció inmóvil unos segundos.

Luego giró la cabeza hacia mí.

—La decisión es tuya.

—Si quieres verlo, abriré la puerta.

—Si no quieres… nadie puede obligarte.

Por primera vez en mucho tiempo…

Alguien me estaba dejando elegir.

Respiré profundamente.

Miré el pastel de cumpleaños.

El ramo de flores.

La vela ya apagada.

Y después miré la puerta.

Detrás de ella estaba el hombre por el que había llorado durante un año.

Delante de mí, en cambio, había alguien que jamás me había prometido nada… pero que había hecho de mi cumpleaños el primero que realmente me hacía sentir importante.

Sonó otro golpe.

Más impaciente.

—¡Ruan Nuo!

Cerré lentamente los ojos.

Y pronuncié una respuesta que ni yo misma imaginaba que sería capaz de decir.

—Xiao Ye…

—No abras.

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