PARTE 2: LA CARTA QUE CAMBIÓ DOS APELLIDOS

Alejandro no apartó la mirada de mí.

Su abuela, doña Inés, observó la escena con desconcierto.

—¿Se conocen?

Ninguno respondió.

Fui yo quien rompió el silencio.

—Solo trabajamos en la misma empresa.

Alejandro soltó una risa fría.

—Eso no responde mi pregunta.

Se acercó lentamente.

—¿Quién te envió?

Apreté con fuerza el bolso donde guardaba el sobre de mi madre.

—Nadie.

—¿Entonces cómo terminaste en la casa de mi abuela el mismo día que descubres ese embarazo?

La palabra quedó suspendida en el aire.

Doña Inés abrió los ojos.

—¿Embarazo?

Respiré hondo.

—Acabo de enterarme hace unas horas.

Alejandro negó con la cabeza.

—No pienso caer en una extorsión.

La anciana golpeó suavemente el bastón contra el piso.

—Alejandro.

Él guardó silencio.

—La señorita me ayudó cuando confundí mis medicamentos.

Si ella no hubiera aparecido, probablemente habría terminado en urgencias.

Miró a su nieto con decepción.

—Lo mínimo que puedes hacer es escucharla.

Alejandro respiró profundamente.

—Cinco minutos.

Nada más.

Nos sentamos en la biblioteca.

Saqué lentamente la tableta que el médico me había entregado para programar el procedimiento del domingo.

La dejé sobre la mesa.

—No vine a pedirte dinero.

Ni matrimonio.

Ni reconocimiento.

Solo quería entender una cosa.

Lo miré directamente.

—¿Qué pastilla me diste aquella mañana?

Él frunció el ceño.

—Un anticonceptivo de emergencia.

—¿Quién te la dio?

—Mi médico.

Saqué el blíster vacío que había recuperado días después del hotel.

La doctora Mariana me había pedido conservarlo.

Alejandro lo observó unos segundos.

Su expresión cambió.

—Ese no es el medicamento que compré.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el envase era azul.

Ese es blanco.

El silencio volvió a instalarse entre los dos.

Por primera vez, parecía tan confundido como yo.

Doña Inés llamó desde el comedor.

—Alejandro.

Ven un momento.

La anciana sostenía una fotografía antigua.

—Esta joven…

Miró alternativamente la imagen y mi rostro.

—Se parece muchísimo a alguien.

Tomé la fotografía.

En ella aparecía una mujer joven abrazando a un hombre frente a una iglesia.

Sentí que el corazón se detenía.

La mujer era idéntica a mi madre cuando tenía veinte años.

—¿Quién es ella?

Pregunté casi sin voz.

Doña Inés respondió despacio.

—Se llamaba Clara Cruz.

Era la hermana mayor de Rosa.

Sentí que el sobre dentro de mi bolso pesaba de repente una tonelada.

Mi madre nunca me habló de una hermana.

Alejandro también observaba la fotografía.

—Abuela…

¿Por qué nunca me contaste esto?

Ella suspiró.

—Porque esa historia destruyó dos familias hace treinta años.

Mis manos comenzaron a temblar.

Saqué finalmente el sobre amarillento.

Todavía permanecía sellado.

Lo abrí con cuidado.

Dentro había una carta escrita por mi madre y un pequeño colgante de plata.

Empecé a leer.

“Hija…”

“Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy contigo.”

Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.

“Hay una verdad que oculté toda mi vida para protegerte.”

Alejandro permanecía inmóvil.

Continué leyendo.

“Tu padre nunca supo que existías.”

Respiré con dificultad.

“Y el hombre al que todos señalaron como culpable… también fue engañado.”

Dentro del sobre había otro documento.

Era una prueba genética realizada años atrás.

No llevaba mi nombre.

Llevaba el de otra persona.

Alejandro tomó el papel y leyó el encabezado.

Su rostro perdió todo el color.

—Esto…

Miró primero el informe y luego a su abuela.

—¿Por qué aparece el nombre de mi padre?

Doña Inés dejó escapar un suspiro que parecía contener treinta años de silencio.

—Porque Rosa nunca quiso destruir un matrimonio.

Pero alguien cambió los resultados antes de que ella pudiera entregarlos.

Alejandro levantó lentamente la última hoja.

Abajo había una firma.

No pertenecía a su padre.

Ni a mi madre.

Pertenecía al médico que, años después…

…también le había entregado a Alejandro la supuesta pastilla que debía evitar aquel embarazo.

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