PARTE 2: La Cámara Oculta

Todos siguieron la mirada de Lenora.

Detrás de Calista, sobre la repisa de la chimenea decorada con fotografías familiares y velas aromáticas, una pequeña luz verde parpadeaba con regularidad.

Era casi invisible.

Pero no para Lenora.

—No se muevan —dijo mientras se incorporaba lentamente, sin dejar de sostenerme con un brazo—. Nadie toque esa repisa.

Calista palideció.

Su madre también.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Blythe con una voz que sonó mucho menos firme que unos segundos antes.

Lenora caminó despacio hasta la chimenea.

Entre un portarretratos y un arreglo de flores secas había un pequeño dispositivo negro, del tamaño de una caja de fósforos.

Lo tomó con cuidado.

—Sabía que seguía grabando.

Toda la sala quedó en silencio.

—¿Grabando…? —murmuró mi tía Della.

Lenora levantó el aparato.

—Es una cámara de seguridad portátil. La instalé esta mañana porque Mara me pidió ayuda para grabar la apertura de los regalos y el discurso de bienvenida. Quería editar un video para enseñárselo a su bebé cuando creciera.

Sentí un escalofrío.

Lo había olvidado por completo.

Semanas antes le había dicho en broma que quería conservar aquel día para siempre.

Jamás imaginé que lo haría por un motivo completamente distinto.

Calista dio un paso adelante.

—Eso… eso no demuestra nada.

—¿De verdad? —preguntó Lenora.

En ese mismo instante sonó la sirena de la ambulancia acercándose a la casa.

El sonido atravesó la calle residencial como un cuchillo.

Mi madre respiró con dificultad.

—Solo fue un accidente.

Nadie respondió.

Lenora observó el dispositivo unos segundos.

Después pulsó un botón.

La pequeña pantalla incorporada se iluminó.

—Tiene reproducción inmediata.

Mi madre avanzó instintivamente.

—¡Dámela!

Mi tío la sujetó antes de que pudiera acercarse.

—Blythe. Basta.

Por primera vez en muchos años, alguien de la familia le hablaba sin miedo.

Lenora retrocedió un paso y giró la pantalla hacia todos.

La grabación comenzó.

Primero aparecieron imágenes normales.

Los invitados entrando.

Los abrazos.

Las risas.

Yo recibiendo regalos.

Mi madre sonriendo mientras posaba para las fotografías.

Luego la imagen mostró algo que nadie había visto desde aquel ángulo.

Calista se acercaba a nuestra madre unos minutos antes del incidente.

No había música suficiente para ocultar la conversación.

La cámara estaba demasiado cerca.

La voz de Calista sonó perfectamente clara.

—Hazlo ahora.

Mi respiración se detuvo.

Mi madre respondió en un susurro.

—Hay demasiada gente.

—Precisamente por eso.

Silencio.

Después llegó la frase que hizo que varias personas soltaran un grito ahogado.

—Si pierde al bebé, dejará de competir conmigo para siempre.

Nadie respiró.

Ni siquiera yo.

Mi madre bajó la cabeza lentamente en la grabación.

—¿Estás segura?

Calista respondió sin vacilar.

—Ese niño solo complicará todo. Tú siempre dijiste que el único nieto importante sería el mío.

En la sala nadie podía apartar la vista de la pantalla.

La señora Hollis comenzó a llorar.

Mi primo dejó caer el plato que seguía sosteniendo desde hacía varios minutos.

El pastel terminó estrellándose contra la alfombra.

Nadie reaccionó.

Todos seguían mirando.

La grabación continuó.

Calista tomó las manos de nuestra madre.

—Solo empújala. Nadie podrá demostrar que fue intencional.

Después sonrió.

La misma sonrisa que yo había visto apenas unos minutos antes.

Pequeña.

Fría.

Calculada.

La pantalla mostró el momento exacto en que ambas regresaban con los invitados.

Mi madre respiraba agitadamente.

Calista acomodaba su vestido.

Y, apenas treinta segundos después…

La patada.

El insulto.

Mi caída.

Todo quedó registrado desde un ángulo perfecto.

Cuando el video terminó, el salón permaneció completamente mudo.

La puerta principal se abrió de golpe.

Dos paramédicos entraron con una camilla.

Detrás de ellos aparecieron dos agentes de policía.

Uno de los oficiales observó el ambiente.

Los invitados inmóviles.

La cámara en las manos de Lenora.

Mi madre completamente blanca.

Y preguntó con calma profesional:

—¿Quién hizo la llamada?

—Yo —respondió Lenora.

El oficial asintió.

—¿Hay algún video de lo ocurrido?

Lenora levantó la pequeña cámara.

—Todo quedó grabado.

Los dos policías intercambiaron una mirada.

Uno de ellos extendió lentamente la mano.

—Señora… necesito que me entregue ese dispositivo como evidencia.

Mi madre dio un paso hacia atrás.

Calista empezó a negar desesperadamente con la cabeza.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque, mientras todos observaban la cámara, nadie había notado que uno de los paramédicos acababa de terminar la revisión de mi abdomen.

Levantó lentamente la vista hacia mí.

Su expresión cambió por completo.

Y las primeras palabras que pronunció hicieron que incluso los policías olvidaran por un instante la grabación.

—Tenemos un problema… aquí no hay un solo bebé.

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