A la mañana siguiente actué como si nada hubiera ocurrido.
Bajé a desayunar y encontré a mi madre y a Karla sentadas frente a una libreta, repartiendo un dinero que todavía no existía.
—De los cuatro millones, un millón será para terminar la terraza —dijo Teresa—. Otro para cambiar la camioneta.
—Y yo necesito al menos quinientos mil para abrir mi spa —añadió mi hermana.
Lucía estaba de pie junto al fregadero.
No le habían servido desayuno.
Tomé una silla y la puse a mi lado.
—Siéntate.
Mi madre frunció el ceño.
—Ella come después de terminar.
—He dicho que se siente.
Lucía obedeció con miedo.
Teresa cambió inmediatamente de actitud.
—Claro, hijo. Ahora que recibirás tanto dinero, todos debemos mantenernos unidos.
Saqué el teléfono.
—Precisamente por eso necesito que firmen algunos documentos.
Los ojos de Karla se iluminaron.
—¿Para recibir la indemnización?
—La empresa exige demostrar que mis inversiones familiares son legítimas.
Mi madre asintió sin leer.
Durante cuatro años, ella había recibido cada transferencia en su cuenta. También había comprado la casa, la camioneta y varios terrenos utilizando el dinero que yo enviaba.
Preparé declaraciones donde ambas reconocían por escrito el origen de cada peso.
Teresa firmó primero.
Karla lo hizo después.
—¿Cuándo llega el dinero? —preguntó.
—Muy pronto.
No sabía que mi abogado estaba conectado por videollamada y que toda la conversación se estaba grabando.
Tampoco sabía que los supuestos documentos para liberar la indemnización eran reconocimientos de deuda y declaraciones patrimoniales.
Al mediodía llegó un notario acompañado por dos contadores.
Mi madre los recibió con café y sonrisas.
—Mi hijo siempre ha sido muy responsable —presumió—. Todo lo que ve aquí lo construimos juntos.
El notario abrió la carpeta.
—Entonces confirma que la casa, la camioneta y los terrenos fueron adquiridos con las transferencias enviadas por el señor Javier durante su estancia en Canadá.
—Por supuesto.
—¿Y que la señora Lucía no recibió ni administró ese dinero?
Teresa miró a mi esposa con desprecio.
—Ella jamás ha sabido manejar un peso.
El contador anotó la respuesta.
Mi hermana comenzó a inquietarse.
—¿Por qué preguntan tanto?
Cerré la puerta del comedor.
—Porque ya tenemos todo lo que necesitábamos.
Dejé sobre la mesa los comprobantes de cuatro años de transferencias.
Después coloqué los estados de cuenta.
Había retiros para joyas.
Pagos de hoteles.
La camioneta de Karla.
Un viaje a Cancún.
Y decenas de compras mientras Lucía pedía prestado para ir al hospital.
Mi madre palideció.
—Hijo, podemos explicarlo.
—Explícame por qué mi esposa tuvo que vender su cabello para pagar una biopsia.
Nadie respondió.
Lucía comenzó a llorar en silencio.
Karla se levantó.
—Ella está exagerando.
Reproduje un audio que había encontrado la noche anterior en el teléfono antiguo de Lucía.
La voz de mi hermana llenó el comedor:
—Aunque te estés muriendo, Javier no tiene por qué enterarse. Ese dinero pertenece a nuestra familia.
Karla retrocedió.
—Eso está sacado de contexto.
Reproduje otro.
Esta vez era mi madre.
—Si el cáncer avanza, mejor. Mi hijo volverá viudo y esta casa quedará definitivamente para nosotros.
Sentí que Lucía me apretaba la mano.
Teresa perdió toda expresión.
—Yo estaba enojada.
—Llevabas cinco meses enojada.
El notario cerró la carpeta.
—Las declaraciones firmadas confirman que estos bienes fueron adquiridos con recursos cuya propiedad reclama el señor Javier. Además, existen indicios de administración fraudulenta y abuso de confianza.
Mi madre golpeó la mesa.
—¡Esta casa está a mi nombre!
—Temporalmente —respondió mi abogado desde la pantalla—. Pero usted acaba de reconocer por escrito que actuó como administradora de fondos ajenos.
Karla corrió hacia las escaleras.
Dos agentes aparecieron en la entrada.
No venían a detenerlas todavía.
Traían una orden para inmovilizar la camioneta, las cuentas y las propiedades hasta que terminara la investigación.
Mi madre comenzó a llorar.
—Soy tu madre.
—Y Lucía es mi esposa.
—¿Vas a destruir a tu familia por ella?
Miré a la mujer que apenas podía mantenerse sentada.
—Ella es mi familia.
Saqué entonces el último documento.
La indemnización de cuatro millones nunca había existido.
La planta de Calgary no me había despedido.
El incendio solo había suspendendido el trabajo durante tres semanas.
Todo había sido una trampa para obligarlas a confesar.
—No habrá indemnización —dije—. Pero sí habrá una demanda por cada peso que desviaron.
Karla empezó a gritar.
Teresa intentó arrancar los documentos.
Los agentes la detuvieron.
Pensé que aquello era suficiente.
Pero uno de los contadores abrió un movimiento bancario que no habíamos visto.
—Señor Javier, hay algo extraño.
Señaló una transferencia mensual de quince mil pesos realizada durante casi tres años.
El destinatario era una clínica privada de Querétaro.
Miré a Lucía.
—¿Tu tratamiento?
Ella negó.
Mi madre cerró los ojos.
El contador abrió el concepto del último pago.
“Mantenimiento de paciente: Roberto Sánchez.”

Sentí que el nombre me golpeaba en el pecho.
Roberto Sánchez era mi padre.
El hombre al que mi madre había declarado muerto cuando yo tenía doce años.
Levanté la vista hacia Teresa.
—¿Mi padre está vivo?
Ella dejó de llorar.
Y por primera vez aquella mañana, sonrió.
—Sí.
Guardó silencio unos segundos.
—Y si recuperas ese dinero, descubrirás por qué nunca quiso volver a verte.