El teléfono seguía pegado a mi oído mientras los paramédicos intentaban estabilizar a Beatriz sobre el piso del pasillo.
—¿Cómo sabes lo de mi embarazo? —pregunté sin apartar la vista de mi suegra.
Al otro lado de la línea hubo un silencio de apenas un segundo.
Después, Rodrigo respondió demasiado rápido.
—No sé de qué hablas. Solo… no compliques las cosas.
Colgó.
No preguntó si su madre seguía viva.
No preguntó cómo había ocurrido.
Solo quería asegurarse de que nadie hablara de la comida… ni de mi embarazo.
Sentí un escalofrío.
Uno de los paramédicos levantó el recipiente de crema utilizando guantes.
—Nadie toque esto —ordenó—. Vamos a entregarlo a las autoridades para su análisis.
La expresión de varios empleados cambió de inmediato.
Habían visto a Beatriz obligarme a comer.
También habían visto cómo yo aparté la cuchara.
Y todos podían confirmar que fue ella quien terminó el plato.
El jefe de Recursos Humanos se acercó.
—Directora Mariana, las cámaras del pasillo y de su oficina grabaron todo.
Respiré por primera vez desde que Beatriz cayó.
—Haga una copia completa. Que nadie la borre.
Él asintió.
Cinco minutos después apareció Fernanda, la secretaria personal de Rodrigo.
Llegó agitada, como si ya supiera exactamente lo ocurrido.
Ni siquiera miró a Beatriz.
Se acercó directamente a mí.
—El licenciado Rodrigo me pidió recoger su computadora y todos los documentos de su escritorio.
La observé en silencio.
—¿Con qué autorización?
Fernanda mostró una sonrisa forzada.
—Dice que usted estará ocupada en el hospital y que él se encargará de todo.
Demasiado rápido.
Demasiado preparado.
—Nadie toca mi oficina —respondí.
Su sonrisa desapareció.
En ese instante recordé algo.
Aquella mañana había recibido una notificación automática del sistema informático.
Alguien había intentado acceder a mi expediente médico privado utilizando la cuenta administrativa de la empresa.
No le di importancia porque el acceso había sido rechazado.
Ahora todo encajaba.
Saqué mi teléfono y abrí el registro.
Hora del intento: 8:17 de la mañana.
Usuario: Fernanda Ríos.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Ella no solo sabía que existía un expediente.
Había intentado entrar antes de que ocurriera todo aquello.
Guardé una captura de pantalla.
Justo entonces sonó otro teléfono.
No era el mío.
Era el de Beatriz, que había quedado junto a la camilla.
La pantalla se iluminó con un mensaje entrante.
Rodrigo: “¿Ya terminó de comer toda la crema? Avísame antes de que llegue Mariana al hospital.”
Uno de los policías que acababa de entrar para tomar declaraciones vio la pantalla antes que yo.

Levantó lentamente la vista hacia mí.
—Señora Salgado… necesito que nadie toque ese teléfono.
Porque, por primera vez, ya no parecía un accidente.
Parecía un intento de homicidio cuidadosamente planeado.