Laura no durmió.
El recibo de los $28,000 mensuales permaneció sobre la mesa toda la noche, junto al espacio vacío donde antes descansaba la carpeta de la compraventa.
Al amanecer tomó una decisión.
No volvería a discutir.
Primero reuniría pruebas.
Mientras Miguel se duchaba, entró al portal bancario de la cuenta conjunta destinada a los gastos del hogar.
No buscaba dinero.
Buscaba fechas.
En menos de diez minutos encontró algo que le hizo contener la respiración.
Durante los últimos ocho meses había transferencias periódicas a una misma cuenta.
Siempre el mismo día.
Siempre por montos distintos.
Los movimientos llevaban una referencia idéntica.
“Apoyo familiar”.
Laura descargó los comprobantes.
Después comparó las fechas con los vencimientos del préstamo que aparecían en el recibo de Teresa.
Coincidían casi exactamente.
Cuando Miguel salió del baño, ella ya sabía que parte del dinero con el que pagaban la hipoteca de su departamento había terminado cubriendo la deuda de su suegra.
—¿Desde cuándo le mandas dinero? —preguntó con calma.
Miguel ni siquiera negó los depósitos.
—Es mi madre.
—¿Con mi sueldo?
Él guardó silencio.
Aquella respuesta bastó.
Esa misma tarde Laura llamó a un cerrajero.
Cambió todas las cerraduras del departamento y pidió que ninguna copia adicional fuera entregada sin su autorización.
Dos horas después sonó el timbre.
Teresa estaba en la puerta.
Introdujo su llave con absoluta confianza.
La llave no giró.
Volvió a intentarlo tres veces.
Finalmente golpeó la puerta.
—¡Laura! ¿Qué hiciste?
Laura abrió solo unos centímetros.
—Necesito que me devuelva la llave antigua.
Teresa fingió sorpresa.
—¿Cuál llave?
—La que usó para entrar con un valuador mientras yo trabajaba.
La mujer sonrió.
—Todo era por el bien de la familia.
Laura extendió la mano.
—La llave.
Teresa terminó sacándola lentamente del bolso.
Pero antes de entregarla rompió a llorar.
Tan fuerte que varios vecinos salieron al pasillo.
—¡Mírenla! —gritó entre sollozos—. ¡Quiere dejarme en la calle por unos cuantos pesos!
Los vecinos comenzaron a murmurar.
En ese momento apareció Miguel.
No preguntó qué había ocurrido.
No miró a Laura.
Corrió directamente hacia su madre.
—¿Qué te hizo?
Laura comprendió que él ya sabía perfectamente lo que estaba pasando.
Entró al departamento sin decir una palabra.
Regresó con una carpeta transparente.
La colocó sobre una pequeña mesa del pasillo frente a todos.
Dentro estaban los comprobantes de las transferencias, el recibo de los $28,000 mensuales y una denuncia por ingreso sin autorización a propiedad privada.
Solo faltaba un documento.
El contrato original de compraventa.
Laura miró fijamente a Teresa.
—Ahora solo quiero hacerte una última pregunta.
La suegra dejó de llorar por un instante.

—¿Dónde está el contrato que desapareció de mi casa?
Antes de que Teresa pudiera responder, Miguel dio un paso al frente demasiado rápido.
Y esa reacción fue suficiente para que Laura entendiera quién había organizado todo desde el principio.