Adriana no condujo hacia un hotel ni buscó refugio en casa de una amiga.
Fue directamente al centro histórico de Coyoacán.
La pequeña llave azul seguía apretada dentro de su puño como si aún conservara el calor de la mano de Elena.
Recordó aquellas últimas palabras.
—No dejes que él se quede con todo.
No sonaban como una despedida.
Sonaban como una advertencia.
Durante varios minutos caminó hasta detenerse frente a una antigua sucursal bancaria de fachada de piedra.
Sobre el llavero colgaba una diminuta placa metálica.
Caja 317.
Respiró hondo y mostró su identificación.
La empleada revisó la llave, consultó el sistema y levantó la vista con expresión sorprendida.
—La señora Elena Mendoza dejó instrucciones muy específicas. Si usted se presentaba con esta llave y el acta de defunción, debía entregársele el contenido inmediatamente.
Adriana sintió un escalofrío.
Un gerente apareció con una caja de seguridad.
La abrió delante de ella.
Dentro solo había tres cosas.
Una carpeta gruesa.
Una memoria USB.
Y un sobre dirigido a mano.
“Para mi hija Adriana.”
Las lágrimas comenzaron a correr antes incluso de abrir la carta.
La letra temblorosa de Elena seguía siendo inconfundible.
“Si estás leyendo esto, significa que mi hijo volvió a elegirse a sí mismo.”
Adriana cerró los ojos.
Cada palabra parecía escrita para aquel mismo día.
Elena confesaba que llevaba años descubriendo movimientos extraños en las empresas familiares.
Transferencias.
Firmas falsificadas.
Ventas inexistentes.
Y un nombre aparecía una y otra vez junto al de Mauricio.
Víctor Salas.
El contador de confianza.
La memoria USB contenía copias de contratos, estados bancarios y grabaciones realizadas durante meses.
El gerente guardó silencio hasta que Adriana terminó de revisar la primera carpeta.
Después habló con voz pausada.
—Hay algo más que debo comunicarle.
Sacó un segundo documento sellado por una notaría.
—Hace ocho meses la señora Elena modificó completamente su testamento.
Adriana sintió que el corazón dejaba de latir por un instante.
El gerente deslizó el expediente hacia ella.
—El patrimonio valuado en once millones de pesos fue dejado íntegramente a su nombre.
No al de Mauricio.
No compartido.
Completamente suyo.
Adriana apenas alcanzó a respirar cuando su teléfono vibró.
Era Mauricio.
Por primera vez en dos días.
Contestó sin decir una palabra.
Él ni siquiera preguntó cómo estaba.

—Adriana, ¿dónde demonios está la llave que tenía mi madre?
Ella bajó lentamente la vista hacia el sobre abierto.
Sonrió por primera vez desde el funeral.
Porque entendió que Mauricio todavía no sabía una verdad mucho más peligrosa.
Y estaba a punto de descubrirla.