Me giré con dificultad.
Cada movimiento me arrancaba una punzada en el costado.
La persona que pronunciaba mi nombre era una enfermera.
La reconocí enseguida.
Era la misma que me había acompañado al quirófano.
Su gafete decía Daniela Cruz.
Miró nerviosa hacia la avenida antes de acercarse.
—¿Valeria?
Asentí.
Ella se agachó junto a la silla de ruedas.
Tenía las manos temblando.
—No tengo mucho tiempo.
Sacó un sobre amarillo del bolsillo de su filipina.
—Esto iba a destruirse.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué es?
—La primera versión de tu expediente.
Fruncí el ceño.
—¿Primera versión?
Daniela asintió.
—Después de la cirugía alguien ordenó reemplazar varios documentos.
Mi respiración se volvió lenta.
Abrí el sobre.
Dentro había copias de los formularios de ingreso.
También una hoja de consentimiento para donación.
Mis ojos fueron directamente hacia la firma.
Era mi nombre.
Pero no era mi letra.
Llevaba años firmando contratos en la empresa donde trabajaba.
Reconocería mi firma entre miles.
Aquella era una imitación.
Buena.
Pero no perfecta.
Levanté la vista.
—¿Quién entregó estos documentos?
Daniela tragó saliva.
—Tu padre.
El estómago se me revolvió.
—¿Quién autorizó operar?
—Él dijo que tú ya habías aceptado ser donante compatible para tu cuñada.
Negué lentamente.
—Eso jamás ocurrió.
La enfermera bajó aún más la voz.
—Lo sé.
Porque cuando ingresaste…
Pasó una hoja.
—Llegaste inconsciente.
Con traumatismo craneal.
No podías responder preguntas.
No podías firmar absolutamente nada.
Sentí que las manos empezaban a temblarme.
—Entonces…
Daniela terminó la frase por mí.
—Alguien firmó mientras tú estabas inconsciente.
Saqué mi teléfono.
Solo tenía un cuatro por ciento de batería.
Marqué el número del único abogado en quien confiaba.
Javier Montes.
Contestó al segundo tono.
—¿Valeria?
¿Todo bien?
Respiré profundamente.
—Necesito que vengas.
Ahora.
No hizo preguntas.
—Mándame tu ubicación.
Voy para allá.
Cuarenta minutos después estábamos en una cafetería cercana al hospital.
Javier abrió cuidadosamente todos los documentos.
No habló durante varios minutos.
Solo comparó firmas.
Fechas.
Horarios.
Luego sacó una regla transparente.
La colocó sobre la hoja de consentimiento.
—Aquí está.
—¿Qué encontraste?
Giró el documento hacia mí.
—Observa la fecha.
La miré.
No entendía.
—¿Qué tiene?
—La firma aparece registrada a la 1:03 de la madrugada.
Asentí.
—¿Y?
Javier deslizó otra hoja.
Era el registro de anestesia.
—A la 12:56 ya habías recibido sedación profunda.
Sentí un vacío en el pecho.
Él continuó.
—Siete minutos después, según estos documentos…
Tú firmaste.
Sonrió sin alegría.
—Una persona completamente anestesiada.
No necesitábamos un perito para entenderlo.
Era imposible.
Javier comenzó a revisar el resto del expediente.
De repente se quedó completamente inmóvil.
—No…
Murmuró.
—¿Qué pasa?
Sacó otra hoja.
Era una copia de mi identificación oficial.
Debajo aparecía la firma del supuesto familiar responsable.
Mi padre.
Pero no fue eso lo que llamó su atención.
Señaló un pequeño código en la esquina.
—¿Ves este folio?
Asentí.
Tecleó algo en su computadora.
Esperamos unos segundos.
Después apareció el registro nacional de documentos notariales.
Javier levantó lentamente la vista.
—Valeria…
Este poder notarial no existe.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—El número pertenece a otro documento.
Emitido hace tres años.
A nombre de una persona completamente distinta.
Guardó silencio unos segundos antes de añadir:
—Alguien falsificó también el poder con el que tu padre dijo representarte.
Respiré con dificultad.
—¿Eso significa…?
—Que no solo hablamos de una donación ilegal.
Cerró lentamente la carpeta.
—Hablamos de falsificación de documentos, fraude, posible extracción de órgano sin consentimiento válido y robo patrimonial.
Cada palabra pesaba más que la anterior.
Creí que ya había descubierto todo.
Me equivocaba.
En ese momento sonó el teléfono de Javier.
Escuchó durante apenas unos segundos.
Después su expresión cambió por completo.
Colgó.
—Tenemos otro problema.
—¿Cuál?

Me mostró la pantalla.
Acababa de llegar un correo del Registro Público.
Mi padre había presentado esa misma mañana otra solicitud utilizando mi identidad.
Leí el asunto.
Y sentí que la sangre se congelaba.
“Inicio de procedimiento para declarar a Valeria Serrano legalmente incapacitada y nombrar como tutor patrimonial a Ernesto Serrano.”