PARTE 2 — La cámara que reveló quién estaba destruyendo a las gemelas

No respondí a Beatriz.

Seguí mirando el jardín.

Lucía acababa de lanzar un globo de agua que explotó sobre la cabeza de Alma, y la joven fingía desmayarse dramáticamente mientras las dos niñas reían con una fuerza que yo había olvidado que existía.

Aquellas risas no podían fingirse.

No después de once meses de silencio.

—¿La vas a defender? —insistió Beatriz.

Por primera vez aparté la vista de mis hijas.

—No.

Pero tampoco voy a condenarla sin pruebas.

Su expresión se endureció.

—Las pruebas llegarán.


Esa noche revisé las grabaciones de las cámaras de seguridad.

No buscaba a Alma.

Buscaba cualquier detalle que justificara la desconfianza de Beatriz.

Durante horas solo encontré escenas sencillas.

Alma preparando avena con las niñas.

Leyéndoles cuentos.

Sentándose en el piso cuando ellas lloraban.

Nunca levantó la voz.

Nunca utilizó el teléfono mientras las cuidaba.

Nunca pidió entrar a mi despacho ni revisó documentos de la casa.

A las dos de la madrugada estaba a punto de apagar la pantalla cuando apareció una grabación de tres semanas atrás.

Alma no salía en ella.

Quien aparecía era Beatriz.

Entró al cuarto de juegos mirando hacia ambos lados.

Sacó una bolsa negra.

Y comenzó a guardar los juguetes favoritos de las niñas.

El conejo azul de Lucía.

El tren de madera de Renata.

La pequeña caja de música que Mariana les había comprado antes de morir.

Fruncí el ceño.

¿Por qué escondería sus juguetes?

Seguí avanzando la grabación.

Beatriz salió con la bolsa.

Diez minutos después regresó con las manos vacías.

Al día siguiente, según otro video, las gemelas recorrieron desesperadas toda la habitación buscando aquellos juguetes.

Lloraron durante casi una hora.

Alma fue quien terminó encontrando la caja de música dentro de un armario del sótano.

No donde las niñas la habían dejado.

Alguien la había escondido.


Al día siguiente cité a Beatriz en mi despacho.

No mencioné las cámaras.

Solo hice una pregunta.

—¿Sabes dónde apareció el conejo azul de Lucía?

Ella respondió demasiado rápido.

—Seguramente Alma lo perdió.

La miré fijamente.

—Curioso.

Porque la cámara muestra otra cosa.

Su rostro perdió color.

Encendí la pantalla.

La grabación comenzó.

Durante los primeros segundos nadie habló.

Después apareció ella guardando los juguetes.

Beatriz se levantó de golpe.

—No sabes interpretar lo que estás viendo.

—Explícamelo.

Cruzó los brazos.

—Las niñas estaban demasiado dependientes de esos objetos.

Quería que aprendieran a soltarlos.

Negué lentamente.

—¿También escondiste la manta amarilla de Renata?

No respondió.

Pasé otro video.

Esta vez se veía claramente cómo retiraba la cobija mientras la niña dormía.

A la mañana siguiente Renata sufrió una crisis de ansiedad que todos los médicos atribuyeron al duelo.

Nunca había sido el duelo.

Había sido el miedo.


Esa misma tarde hablé con Alma.

Le mostré las grabaciones.

No parecía sorprendida.

Solo bajó la mirada.

—¿Lo sabías?

Asintió lentamente.

—Desde la primera semana.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Por qué no me dijiste nada?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Porque nadie me habría creído.

Respiró hondo antes de continuar.

—Cada vez que las niñas empezaban a mejorar, alguien cambiaba sus rutinas.

Desaparecían sus juguetes.

Les quitaban las mantas.

Las despertaban durante la siesta.

Después decían que seguían traumatizadas.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

Aunque ya conocía la respuesta.

Alma apenas susurró.

—La señora Beatriz.


Antes de que pudiera hacer otra pregunta, Nicolás entró apresuradamente al despacho.

—Señor Alcázar…

Tiene que ver esto.

Traía una carpeta amarilla.

La dejó sobre mi escritorio.

—Mientras revisábamos los gastos de la casa encontramos varios pagos realizados por la señora Beatriz durante el último año.

Abrí la carpeta.

No eran compras normales.

Había facturas de abogados.

Investigadores privados.

Y un contrato con un despacho especializado en sucesiones.

Fruncí el ceño.

—¿Qué tiene eso de extraño?

Nicolás pasó a la última página.

Allí aparecía el concepto que hizo que el despacho entero quedara en silencio.

“Preparación de solicitud judicial para declarar incapaz al señor Sebastián Alcázar por duelo prolongado y obtener la tutela patrimonial provisional de las menores.”

Levanté lentamente la vista.

En ese instante comprendí que Beatriz nunca había estado intentando proteger a mis hijas.

Había estado intentando demostrar, durante casi un año, que ni ellas ni yo éramos capaces de vivir sin ella.

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