Levanté las manos de inmediato para que la mujer viera que no intentaba retener a la niña.
Renata abrió lentamente los ojos.
—Mamá…
Mariana llegó jadeando.
Todavía llevaba el uniforme azul del hospital, el gafete colgando del cuello y una mancha de desinfectante en una de las mangas.
La abrazó con fuerza.
—¿Estás bien?
Renata asintió.
—Sí.
Después señaló hacia mí.
—Él bailó conmigo.
Mariana levantó la vista.
Sus ojos seguían llenos de desconfianza.
La directora de la escuela intervino enseguida.
—Señora Mariana, todo fue con su autorización.
Le mostró el registro de la videollamada.
—El señor Alcázar nunca estuvo a solas con Renata. Todo el evento ocurrió frente a maestros y padres de familia.
Mariana respiró profundamente.
La tensión comenzó a desaparecer de su rostro.
Se volvió hacia mí.
—Lo siento.
Llegué pensando lo peor.
Negué con una leve sonrisa.
—Es exactamente lo que cualquier madre debía hacer.
Renata tomó la mano de su mamá.
—¿Verdad que bailó muy feo?
Mariana soltó una risa que parecía olvidada desde hacía mucho tiempo.
—¿Sí?
—Me pisó cuatro veces.
—Fueron tres —respondí.
—Fueron cuatro.
La directora sonrió.
—Tenemos testigos de que fueron, por lo menos, cinco.
Por primera vez en muchos meses, reí sin esfuerzo.
Cuando salíamos de la escuela, Nicolás apareció junto a la camioneta.
Tenía el teléfono pegado al oído.
Su expresión era grave.
—Señor Alcázar…
Los inversionistas ya llegaron.
Todos lo están esperando.
Miré a Renata.
Ella seguía sujetando mi mano.
La soltó despacio.
—Tiene que irse.
Asentí.
—Sí.
Pero antes de subir a la camioneta, saqué la pequeña corona de cartón que todavía llevaba bajo el brazo.
—Creo que esto es tuyo.
Ella negó con fuerza.
—No.
Es su premio.
Guárdelo.
Todavía es el mejor acompañante.
Acepté la corona con una sonrisa.
No imaginaba que esa simple fotografía cambiaría tantas vidas.
A la mañana siguiente, una maestra publicó en redes sociales varias imágenes del festival escolar.
Una de ellas mostraba a Renata riendo mientras intentaba enseñarme a bailar.
Otra…
La mostraba dormida sobre mi hombro con la corona de cartón inclinada sobre mi cabeza.
La publicación decía únicamente:
“A veces la familia aparece cuando alguien decide no mirar hacia otro lado.”
En menos de doce horas tenía cientos de miles de compartidos.
Después, millones.
Los medios comenzaron a buscar mi nombre.
También el de Renata.
Tres días después, llegué a las oficinas centrales de mi empresa.
El ambiente era extraño.
Mi secretaria me esperaba con varios periódicos.
Todos llevaban la misma fotografía.
Pero no era eso lo preocupante.
—Señor…
Tiene visitas.
Entré a la sala de juntas.
Había cuatro personas esperándome.
No conocía a ninguna.
La primera mujer habló sin siquiera saludar.
—Soy Patricia Salgado.
Abuela paterna de Renata.
Sentí un mal presentimiento.
A su lado estaba un hombre de unos cuarenta años.
Cabello perfectamente peinado.
Traje costoso.
Y una expresión de absoluto fastidio.
Patricia lo señaló.
—Este es Sergio Robles.
Padre de Renata.
Miré al hombre.
No mostró emoción alguna.
Ni alegría.
Ni curiosidad.
Solo molestia.
—Así que usted es el millonario.
Comprendí inmediatamente por qué estaba allí.
—¿Qué necesitan?
Patricia cruzó los brazos.
—Venimos a pedirle que deje de acercarse a nuestra nieta.
Sergio habló por primera vez.
—Las fotos hacen parecer que soy un padre ausente.
Respiré con calma.
—¿Lo es?
Su mandíbula se tensó.
—Eso no es asunto suyo.
Patricia dio un paso adelante.
—Renata pertenece a nuestra familia.
No queremos que una persona extraña la confunda.
La puerta volvió a abrirse.
Mariana acababa de llegar.
Miró a Sergio.
Después a Patricia.
Y finalmente a mí.
Su voz sonó completamente firme.
—Curioso.
Los dos desaparecieron durante casi cinco años.
Y ahora recuerdan que Renata existe porque un periódico publicó una fotografía.
El silencio fue absoluto.
Entonces Sergio dejó caer un sobre sobre la mesa.
—Precisamente por eso estamos aquí.
Fruncí el ceño.
—¿Qué es eso?
Sonrió por primera vez.
Una sonrisa que no transmitía afecto, sino interés.
—Una demanda.

Solicitando la custodia compartida inmediata de mi hija.
Y en la última página…
Había una segunda petición que dejó incluso a los abogados de mi empresa sin palabras.
También solicitaba que se investigara mi relación con Renata para impedir cualquier futura adopción.