Miré el nombre de Alejandro en la pantalla.
No contesté.
Volvió a llamar.
Una.
Dos.
Cinco veces.
Después llegó un mensaje.
“¿Dónde estás? Arturo dice que te llevaste el alta sin avisarme.”
Lo borré sin abrir la conversación.
La ambulancia privada ya había salido del hospital.
Cada bache hacía que la pierna me ardiera.
Pero, por primera vez en tres años, aquel dolor físico era mucho más soportable que el que acababa de dejar atrás.
Clara me esperaba en Houston.
Y, antes de subir al avión sanitario, había firmado un último documento.
No era un consentimiento médico.
Era un poder para mi abogada.
Cinco horas después de mi operación, Alejandro por fin salió de la habitación de Mariana.
Llevaba un café en una mano y una bolsa con comida en la otra.
Sonreía.
Hasta que llegó a mi habitación.
La cama estaba vacía.
Las sábanas perfectamente dobladas.
Solo Arturo permanecía allí, inmóvil.
—¿Dónde está Sofía?
Arturo tragó saliva.
—Se fue.
Alejandro soltó una risa incrédula.
—¿Cómo que se fue?
—La trasladaron.
—¿Quién autorizó eso?
Arturo no respondió.
Le tendió una pequeña bolsa transparente.
Dentro estaba mi anillo.
Alejandro la abrió lentamente.
Lo sostuvo entre los dedos.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué significa esto?
Arturo dejó sobre la mesa un sobre color marfil.
—También pidió que le entregara esto.
Alejandro rompió el sello.
No era una carta escrita por mí.
Era el encabezado de un despacho jurídico.
Notificación formal de inicio de procedimiento de divorcio.
Sus manos comenzaron a temblar.
Siguió leyendo.
“A partir de este momento, toda comunicación deberá realizarse por conducto de esta representación legal.”
“Se solicita abstenerse de disponer de bienes comunes, modificar cuentas bancarias o retirar documentación sin autorización judicial.”
“Asimismo, se informa que mi representada conservará copia certificada del expediente clínico correspondiente al accidente del día de hoy.”
Alejandro levantó la vista.
—¿Expediente clínico?
Arturo respiró hondo.
—La señora… perdón…
La señora Rivera pidió copia completa antes de salir.
En ese momento sonó el teléfono de Alejandro.
Era su madre.
Contestó.
—¿Ya hablaste con Sofía?
—Se fue.
—¿Cómo que se fue?
—Pidió el divorcio.
Hubo unos segundos de silencio.
Después Teresa respondió molesta.
—Seguro solo quiere llamar la atención.
Ve por ella y se le pasará.
El doctor Ramírez acababa de entrar en la habitación.
Escuchó las últimas palabras.
No pudo quedarse callado.
—Señor Montes.
Alejandro giró.
El médico lo observó con absoluta seriedad.
—Su esposa casi murió.
No está haciendo un berrinche.
Está intentando salvar lo que queda de su vida.
Teresa seguía hablando desde el teléfono.
—Doctor, usted no entiende…
Él la interrumpió.
—No, señora.
La que no entiende es usted.
Miró directamente a Alejandro.
—En veinte años ejerciendo medicina, he visto muchos familiares desesperados por firmar primero el consentimiento de sus seres queridos.
Hizo una breve pausa.
—Usted es el primero que veo pedir que operen antes a otra persona mientras su esposa se desangraba.
La habitación quedó completamente en silencio.
Alejandro bajó lentamente la cabeza.
Por primera vez desde el accidente, pareció comprender lo que había hecho.
Pero aún no era todo.
El doctor dejó una carpeta sobre la mesa.
—Su esposa también autorizó que este documento le fuera entregado cuando despertara.
Alejandro abrió la carpeta.
Dentro había una sola hoja.
Reconoció inmediatamente mi letra.
“Durante tres años esperé ser la mujer más importante de tu vida.”
“Hoy entendí que nunca ocupé ese lugar.”
“No te dejo por elegir a Mariana una vez.”
“Te dejo porque la elegiste todos los días de nuestro matrimonio.”
Al final de la página había una última línea.
“Cuando un médico me preguntó quién debía autorizar la cirugía que podía salvarme la vida…”
“La respuesta fue una desconocida.”
“No mi esposo.”
Alejandro cerró los ojos.
Las lágrimas empezaron a caer sobre el papel.
En ese instante volvió a sonar su teléfono.
No era yo.
Era el director jurídico de la empresa familiar.
Contestó automáticamente.
La voz al otro lado fue directa.
—Señor Montes, necesitamos que venga inmediatamente.
—No puedo ahora.
—Sí puede.
Porque la señora Rivera acaba de presentar una denuncia formal relacionada con el accidente.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué denuncia?

Hubo un breve silencio.
Después llegó la frase que hizo que el color desapareciera de su rostro.
—La investigación preliminar indica que, segundos antes del choque… usted apartó la vista del camino para responder un mensaje enviado por la señorita Mariana.