Me costaba respirar.
Sentía el corazón golpeándome con tanta fuerza que apenas podía escuchar otra cosa.
Di un paso más.
Entonces lo vi.
Mi esposo, Andrés, estaba sentado en el suelo, apoyado contra el costado de la cama.
Tenía la cabeza inclinada hacia atrás y los ojos cerrados.
Frente a él, una mujer de unos cincuenta años permanecía arrodillada.
Le sostenía una mascarilla de oxígeno sobre el rostro con una mano y, con la otra, intentaba tomarle el pulso.
Las sábanas estaban revueltas porque habían bajado el colchón parcialmente al suelo.
No era una escena de infidelidad.
Era una emergencia.
La mujer levantó la vista al verme.
—¡Gracias a Dios! ¿Usted es la esposa?
Asentí sin poder hablar.
—Llame a una ambulancia ahora mismo. Su marido perdió el conocimiento hace unos minutos.
Saqué el teléfono con manos temblorosas.
Mientras marcaba emergencias, miré otra vez a la desconocida.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Elena.
Respiraba con dificultad, igual que yo.
—Soy enfermera. Vivo en el edificio de enfrente.
No entendía nada.
—¿Cómo entró aquí?
En ese momento escuché unos pasos apresurados.
Mi hijo Mateo apareció corriendo desde el baño.
Todavía llevaba una toalla mojada sobre los hombros.
Al verme, rompió a llorar.
—¡Mamá!
Corrió hacia mí y me abrazó con tanta fuerza que casi dejó caer el teléfono.
—Pensé que no llegarías…
Le acaricié la cabeza.
—¿Qué pasó?
Mateo intentó respirar hondo.
—Papá se desmayó mientras desayunábamos.
Yo estaba muy nervioso.
No sabía qué hacer.
Entonces la señora Elena escuchó mis gritos desde el pasillo.
Miré nuevamente los zapatos.
Los tacones bajos.
Por fin entendí.
Eran de ella.
No de una amante.
La ambulancia llegó pocos minutos después.
Los paramédicos revisaron a Andrés y lo trasladaron al hospital.
Durante todo el camino, Mateo no soltó mi mano.
Seguía temblando.
Cuando por fin el médico salió de urgencias, respiré por primera vez en casi una hora.
—¿Familia del señor Andrés?
Nos levantamos al mismo tiempo.
El médico sonrió con alivio.
—Llegaron a tiempo.
Sufrió una alteración cardíaca provocada por una combinación de agotamiento extremo y una hipertensión que llevaba meses sin controlar.
Si la señora Elena no hubiera iniciado las primeras maniobras…
Hizo una pausa.
—La historia habría terminado de otra manera.
Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.
Busqué a Elena.
Ella ya se preparaba para marcharse discretamente.
La alcancé antes de que llegara al ascensor.
—Gracias.
Ella sonrió con modestia.
—No me las dé a mí.
Señaló a Mateo.
—Fue él quien reaccionó.
Yo solo escuché a un niño pidiendo ayuda.
Miré a mi hijo.
Tenía apenas once años.
Y, aun así, había hecho todo lo posible por salvar a su padre.
Creí que lo peor ya había pasado.
Pero mientras el médico nos explicaba el tratamiento que Andrés necesitaría, una administrativa del hospital llegó apresurada con una carpeta en la mano.
—Disculpe…
Miró alternativamente a Andrés y a mí.
—Necesitamos confirmar un dato urgente.
Fruncí el ceño.
—¿Qué sucede?
La mujer abrió la carpeta.
Su expresión cambió por completo.
—Hay otra persona registrada desde hace cuatro meses como contacto principal y responsable legal del señor Andrés.
Levanté lentamente la vista.
—¿Otra persona?

La administrativa asintió.
Después pronunció un nombre que ninguno de nosotros esperaba escuchar.
—La señora Claudia Ríos.
Y el propio Andrés había firmado la autorización para sustituirme.