Marcus me esperaba junto a una bomba de gasolina.
Tenía la camisa empapada de sudor.
Cuando me vio bajar del coche, caminó hacia mí sin decir una palabra.
—¿Dónde está Ethan?
Señaló la cafetería de la estación.
Entré.
Y lo primero que vi fue a Ethan inclinándose sobre una mujer que no dejaba de lagrimear mientras bebía agua.
El vaso temblaba entre sus manos.
No parecía gravemente herida.
Solo tenía los ojos irritados y la garganta ardiendo.
Ethan levantó la cabeza.
Al verme, el color abandonó su rostro.
—Claire…
No respondió a mi pregunta.
Porque yo ya estaba mirando a la mujer.
Tenía unos cincuenta años.
Llevaba un traje gris impecable.
Un gafete corporativo colgaba de su cuello.
No era joven.
No era la clase de amante que había imaginado durante todo el camino.
Entonces reconocí su apellido en el gafete.
Holloway.
Sentí un escalofrío.
—¿La señora Holloway?
Ella levantó lentamente la vista.
Asintió.
Era la vicepresidenta regional de la empresa donde trabajaba Ethan.
La mujer a la que él siempre describía como “la jefa más estricta del mundo”.
Miré otra vez la botella de refresco sobre la mesa.
La marca de labial.
Todo empezó a encajar.
Pero no de la manera que esperaba.
—¿Por qué estaba bebiendo de la botella de mi esposo?
Nadie respondió.
Marcus dio un paso al frente.
—Claire…
—Quiero que él me lo explique.
Ethan respiró hondo.
—Compartimos el coche para ir a una reunión.
Fruncí el ceño.
—Nunca me dijiste eso.
—Porque…
Se quedó callado.
La señora Holloway cerró los ojos unos segundos.
Después habló ella.
—Porque la empresa lo prohíbe.
Todos la miramos.
—Llevamos meses compartiendo vehículo para reducir gastos de viaje. Recursos Humanos aún no ha actualizado la política y muchos empleados lo hacen sin reportarlo.
Ethan bajó la cabeza.
—Pensé que te ibas a preocupar sin necesidad.
La explicación sonaba lógica.
Pero no resolvía la marca de labial.
La vicepresidenta tomó la botella.
—Olvidé comprar agua.
Hizo una mueca.
—Vi esta botella en el portavasos y le di un trago sin preguntar.
Miró a Ethan.
—Fue culpa mía.
Sentí que el nudo en mi pecho empezaba a aflojarse.
Hasta que vi algo más.
Sobre la mesa había una segunda botella.
La tomé.
También tenía una marca de labial.
Pero era de otro color.
Rojo intenso.
No rosa.
Miré a Marcus.
Él evitó mis ojos.
—¿De quién es esa?
Silencio.
Volví a preguntar.
—¿De quién es?
Marcus se pasó una mano por el rostro.
—Claire…
No quería decirlo.
Pero la señora Holloway sí.
—Esa botella no estaba en el coche cuando salimos esta mañana.
Mi respiración se detuvo.
Ethan levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué?
Ella señaló la botella roja.
—Apareció cuando hicimos la última parada.
Marcus cerró los ojos.
—Ethan…
Su voz sonó derrotada.
—Ya no tiene sentido ocultarlo.
Yo los observaba sin comprender.
Marcus sacó lentamente su teléfono.
Buscó una fotografía.
La dejó frente a mí.
Era una imagen tomada apenas una hora antes.
Se veía el automóvil de Ethan estacionado detrás de la cafetería de la estación.
Y, junto a la puerta del copiloto…
Una mujer abrazándolo.
No era la señora Holloway.
No era una compañera de trabajo.
No era alguien que yo hubiera visto jamás.
Pero lo que hizo que Ethan empalideciera no fue el abrazo.
Fue el rostro de la mujer.

Porque yo la reconocí antes que él.
La había visto dos semanas atrás.
Sentada en la primera fila del festival escolar de nuestra hija.
Y nuestra hija la había llamado, sonriendo:
—¡Hola, maestra Emma!