PARTE 2 — La casa nunca fue el verdadero problema

Mauricio siguió mirando la televisión.

Ni siquiera levantó la vista.

Como si su madre acabara de pedir una taza de café y no expulsarme de mi propia habitación.

Lo observé durante unos segundos.

Esperé.

Solo una palabra.

Un “mamá, basta”.

Un “Fernanda paga este departamento”.

Cualquier cosa.

No llegó.

Doña Leticia empezó a sacar ropa de sus maletas.

Colgó sus vestidos dentro de mi clóset.

Movió mis zapatos hacia una esquina.

Después abrió mi buró.

—Aquí pondré mis medicinas.

La vi tomar mi crema, mi perfume y mis fotografías para hacerles espacio a sus cosas.

Ni siquiera pidió permiso.

Respiré hondo.

Entré al dormitorio.

Abrí el cajón inferior del escritorio.

Saqué una carpeta azul.

Doña Leticia sonrió con desprecio.

—¿Ya vas a hacer tu berrinche?

No respondí.

Abrí la carpeta.

Saqué el contrato de arrendamiento.

Lo coloqué sobre la cama.

—Léalo.

Ella ni siquiera lo miró.

—No necesito leer nada.

—Léalo.

Mauricio tomó el documento con fastidio.

—Fernanda, ¿qué ganas con esto?

Pasó la primera página.

Después la segunda.

Su expresión cambió lentamente.

Buscó otra vez el encabezado.

Volvió a leer el nombre del arrendatario.

Solo aparecía uno.

Fernanda Álvarez.

Le dio vuelta a la última hoja.

La firma también era únicamente mía.

—Mamá…

Murmuró.

—El contrato está solo a nombre de Fernanda.

Doña Leticia soltó una carcajada.

—¿Y eso qué?

Se cruzó de brazos.

—Tú eres su esposo. Todo lo de ella también es tuyo.

Negué con tranquilidad.

—No.

Saqué otra hoja.

Era el comprobante de todas las transferencias de renta de los últimos tres años.

Mi cuenta.

Mi nombre.

Mis depósitos.

Ninguno llevaba el nombre de Mauricio.

—Él jamás pagó una mensualidad.

El silencio empezó a incomodar.

Pero Doña Leticia seguía convencida de tener razón.

—Aunque así sea, ya renté mi casa.

—Ese ya no es mi problema.

—Pues sí lo es.

Sonrió con arrogancia.

—Porque no pienso irme.

La miré fijamente.

—¿Está segura?

—Completamente.

Asentí.

Guardé los documentos dentro de la carpeta.

Después saqué el teléfono.

Mauricio frunció el ceño.

—¿A quién llamas?

—A la verdadera propietaria.

Doña Leticia volvió a reír.

—Llámala.

Seguro también entenderá que una madre tiene derecho a vivir con su hijo.

Marqué el número.

Contestaron al segundo timbrazo.

—Buenas noches, señora Verónica.

—Fernanda, ¿todo bien?

Activé el altavoz.

—Necesito informarle algo.

La propietaria guardó silencio.

—Adelante.

Miré a Mauricio.

Después a su madre.

—La señora Leticia se instaló hoy en el departamento sin su autorización.

Además, me informó que piensa vivir aquí de forma permanente porque ya rentó su propia casa.

Del otro lado de la línea hubo unos segundos de silencio.

Después escuchamos la voz firme de la señora Verónica.

—¿Hay otra persona viviendo ahí?

—Sí.

—¿Y el señor Mauricio sabía?

Él tragó saliva.

—Sí…

Respondí antes que pudiera inventar otra cosa.

La propietaria respiró hondo.

—Fernanda, busca la cláusula nueve del contrato.

Abrí la carpeta.

La conocía perfectamente.

Leí en voz alta.

—”Queda estrictamente prohibido subarrendar, ceder el uso o permitir la residencia permanente de terceros sin autorización escrita del arrendador. El incumplimiento faculta al propietario para rescindir el contrato de inmediato.”

Doña Leticia dejó de sonreír.

Mauricio empalideció.

La señora Verónica continuó.

—Mañana estaré ahí a las nueve de la mañana.

Si la señora sigue instalada, tendré que iniciar el procedimiento para cancelar el contrato.

Mi corazón dio un vuelco.

Doña Leticia sonrió otra vez.

—¿Ves?

Hasta la dueña va a echarte.

Pero la propietaria terminó la frase.

—Y como la única persona que ha cumplido siempre con este contrato es Fernanda…

Hizo una breve pausa.

—Si debo rescindirlo, le ofreceré otro departamento únicamente a ella.

Nadie más será incluido.

El control remoto se cayó de las manos de Mauricio.

Doña Leticia abrió mucho los ojos.

—¿Qué… qué significa eso?

La voz de la señora Verónica sonó aún más fría.

—Significa que si mañana esa señora sigue ocupando una habitación que no le corresponde, usted y su hijo tendrán que buscar dónde vivir.

Porque la única inquilina de confianza que tengo en este edificio se llama Fernanda Álvarez.

Colgué lentamente.

La sala quedó en completo silencio.

Entonces sonó el timbre de la puerta.

Eran casi las diez de la noche.

Abrí.

Un hombre de traje sostenía una carpeta y preguntó con voz seria:

—¿Aquí vive la señora Leticia Gómez?

Ella respondió desde el dormitorio.

—Sí. ¿Quién la busca?

El hombre levantó un documento sellado.

—Vengo de parte de los nuevos inquilinos de su casa.

Acaban de llamar porque descubrieron que el inmueble tiene una hipoteca vencida… y mañana será embargado judicialmente.

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