La niña sostuvo el sobre con ambas manos.
Todos dejaron de mirar a la mujer para fijarse en aquel pequeño paquete de papel amarillo.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué tiene mi nombre?
La estafadora dio un paso desesperado.
—¡Dámelo ahora mismo!
Pero el policía se interpuso.
—Ni se le ocurra acercarse.
La niña comenzó a llorar.
—Mamá dijo que, si encontraba a este señor, tenía que entregárselo.
Me quedé completamente desconcertado.
—¿Tú sabes quién soy?
La pequeña negó con la cabeza.
—Solo conozco la foto.
Sacó una fotografía doblada del bolsillo de su mochila.
Era una imagen mía.
Había sido tomada hacía varios meses, cuando salía de mi oficina.
Sentí un escalofrío.
Nunca había visto aquella fotografía.
El policía tomó el sobre con cuidado y me lo entregó.
—Ábralo.
Dentro había una carta escrita a mano.
“Martín, si esta carta llega a tus manos, significa que no conseguí encontrarte antes.”
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
No reconocía la letra.
Seguí leyendo.
“La mujer que tienes delante no siempre fue una estafadora.”
Levanté lentamente la vista.
Ella había bajado la cabeza.
“Hace tres años aceptó trabajar para un grupo que fingía atropellos para extorsionar conductores. Lo hizo porque amenazaron con quitarle a su hija.”
El policía miró a la mujer.
—¿Eso es cierto?
Ella rompió a llorar.
Por primera vez desde que había comenzado el escándalo.
—Sí…
La multitud quedó en silencio.
Continué leyendo.
“Si intenta abandonar la organización, la matarán. Por eso deja siempre pruebas escondidas con su hija.”
El repartidor frunció el ceño.
—Entonces alguien la obligaba…
La mujer asintió entre sollozos.
—Nos daban fotografías de las víctimas.
Nos decían cuánto dinero debíamos exigir.
Y si fracasábamos…
Miró a la niña.
—Amenazaban con llevársela.
El policía pidió apoyo por radio.
—Necesito refuerzos inmediatamente.
Posible organización dedicada a extorsión.
Pensé que aquello explicaba todo.
Pero aún quedaba una última hoja dentro del sobre.
Era una lista.
Más de cincuenta nombres.
Fechas.
Lugares.
Cantidades.
Y, al final, uno apareció resaltado con tinta roja.
Era el mío.
—¿Por qué estoy marcado? —pregunté.
La mujer comenzó a temblar.
—Porque tú no eras la víctima.
Todos la miramos.
—¿Qué quieres decir?
Respiró hondo antes de responder.
—El coche era solo una excusa.
No querían quitarte dinero.
Querían obligarte a bajar del vehículo durante unos minutos.
El policía frunció el ceño.
—¿Para qué?
Ella señaló mi automóvil.
—Mientras todos miraban el falso atropello…
Alguien debía registrar tu coche.
Corrí inmediatamente hacia el vehículo.
La puerta del acompañante estaba entreabierta.
Yo estaba seguro de haberla cerrado con llave.
El policía revisó el interior.
No parecía faltar nada.
Hasta que levantó la alfombrilla del asiento trasero.

Había un pequeño dispositivo negro con una luz roja parpadeando.
El agente lo observó con el rostro completamente serio.
—No lo toquen.
Pidió a todos que se alejaran.
Después habló muy despacio.
—Esto no es un localizador común.
Es un dispositivo de vigilancia profesional.
Y alguien lo instaló en su coche… mientras todos estábamos distraídos.