Elena me sostuvo la mirada durante varios segundos.
Sabía que no hablaba por impulso.
Durante diez años había trabajado conmigo revisando fraudes empresariales.
Conocía esa expresión.
La que aparecía cuando todas las piezas ya estaban colocadas.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó en voz baja.
—Presenta la denuncia por agresión.
—Eso ya está en marcha.
—Congela las cuentas principales.
Ella asintió.
—¿Y después?
Miré la memoria USB sobre la mesa.
—No toques las cuentas secundarias.
Frunció el ceño.
—¿Las que usan para sacar el dinero?
—Exacto.
El agente que permanecía junto a la puerta intervino.
—¿Quiere dejar que sigan robando?
Negué lentamente.
—Quiero que crean que todavía pueden hacerlo.
Los dos guardaron silencio.
Respiré hondo.
—Derek nunca roba poco cuando piensa que ganó.
Elena comenzó a comprender.
—Quieres que vacíe la última cuenta.
Asentí.
—Porque esa cuenta no contiene nuestro dinero.
Abrí mi portátil.
Entré en un archivo protegido.
Giré la pantalla hacia ellos.
—Hace tres semanas sustituimos el saldo real por fondos marcados para seguimiento financiero.
El agente abrió mucho los ojos.
—¿Todo ese dinero está rastreado?
—Hasta el último dólar.
Elena sonrió por primera vez.
—Si Derek mueve ese dinero…
—Nos llevará directamente a todas las cuentas donde escondieron los cuatro millones.
El agente dejó escapar un silbido.
—Eso es una trampa.
—No.
Cerré el ordenador.
—Es una oportunidad.
A las diez de la mañana recibí exactamente la llamada que esperaba.
Era Derek.
Contesté.
—¿Dónde demonios estás?
Mi voz salió débil.
—En casa de una amiga.
—Vuelve inmediatamente.
—No puedo.
—La policía vino a preguntar por ti.
Fingí respirar con dificultad.
—No quería denunciarte.
Hubo un largo silencio.
Después habló con un tono mucho más suave.
—Cariño… estaba nervioso.
No respondí.
—Solo vuelve y arreglaremos esto.
—Lo pensaré.
Colgué.
Elena levantó una ceja.
—Ni siquiera preguntó cómo estabas.
Sonreí con tristeza.
—Porque ya sabe que sigo viva.
Lo único que le importa ahora… es el dinero.
Esa misma tarde, uno de los analistas del banco llamó a Elena.
—Acaban de entrar al sistema.
Los tres nos acercamos a la pantalla.
Usuario:
Derek Collins.
Contraseña correcta.
Acceso autorizado.
Después apareció la primera transferencia.
750.000 dólares.
Cinco minutos después…
1.200.000 dólares.
Luego otra.
Otra más.
Todas hacia distintas sociedades.
El agente negó lentamente con la cabeza.
—Está vaciando todo.
Yo observaba la pantalla sin moverme.
Era exactamente lo que esperaba.
Entonces apareció un nombre que nunca había visto.
Horizon Legacy Trust.
Elena abrió inmediatamente otra ventana.
Buscó el registro mercantil.
Su expresión cambió.
—No puede ser…
—¿Qué pasa?
Giró el monitor hacia mí.
La presidenta del fideicomiso era…
Marlene Collins.
Pero debajo aparecía un segundo beneficiario.
Un hombre de setenta y ocho años.
Con una dirección en Florida.
—¿Quién es? —preguntó el agente.
Leí el nombre una vez.
Luego otra.
Y sentí que el aire desaparecía de la habitación.
—Es imposible…
Elena me miró.
—¿Lo conoces?

Asentí muy despacio.
Porque aquel hombre no era un desconocido.
Era el socio que fundó la empresa junto a mi padre.
El mismo hombre cuyo funeral… yo había asistido hacía ocho años.
Alguien estaba usando la identidad de un muerto para esconder millones de dólares.