El dedo de Mateo seguía señalando a la prometida de Alejandro.
Nadie se atrevía a respirar.
La joven retrocedió un paso.
—Ese niño está mintiendo.
Mateo negó con la cabeza mientras abrazaba con fuerza su pequeño automóvil.
—No.
Su voz era apenas un susurro.
—Tú estabas con mi mamá cuando me dijo que pronto conocería a mi papá.
La copa cayó de las manos de la prometida y estalló contra el suelo.
Alejandro la miró desconcertado.
—¿De qué está hablando?
Ella abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
Clara sostuvo la carpeta con firmeza.
—Quizá esta carta pueda ayudar a refrescar la memoria de todos.
Extrajo un sobre amarillento.
El abogado asintió.
—Fue encontrado entre las pertenencias personales de la madre de Mateo y permaneció bajo resguardo judicial hasta concluir las pruebas de ADN.
Clara rompió el sello.
La letra era temblorosa.
“Si algún día mi hijo encuentra esta carta, quiero que sepa que nunca lo abandoné por voluntad propia.”
Los invitados guardaron un silencio absoluto.
“Intenté llevarlo con su padre, Alejandro Salvatierra. Pero su madre me ofreció dinero para desaparecer y, cuando me negué, comenzaron las amenazas.”
Verónica dio un paso adelante.
—¡Eso es falso!
El abogado levantó otra carpeta.
—La carta fue sometida a peritaje caligráfico.
La escritura corresponde a la autora.
Verónica comenzó a perder la compostura.
—Todo esto es un montaje.
Clara continuó leyendo.
“La mujer que estuvo presente aquella noche puede confirmar lo ocurrido. Se llama Isabel.”
Todas las miradas se dirigieron hacia la prometida de Alejandro.
Su verdadero nombre era Isabel.
El color desapareció de su rostro.
—Yo…
No pudo continuar.
Alejandro la observó con incredulidad.
—¿La conocías?
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Sí.
La respuesta cayó como una losa.
—Trabajábamos juntas hace seis años.
Verónica cerró los puños.
—¡No digas una palabra más!
Pero Isabel ya no podía detenerse.
—Yo vi cuando esa mujer llegó con el bebé.
Vi cómo suplicó hablar contigo.
Y también vi cuando tu madre ordenó que la sacaran del hotel.
Alejandro sintió que las piernas le fallaban.
—¿Mi madre hizo qué?
Verónica intentó acercarse.
—Hijo, ella está confundida.
Isabel negó con desesperación.
—No.
También vi los documentos.
La señora Verónica firmó la autorización para entregar al niño a otra familia utilizando una tutela temporal.
El salón entero estalló en murmullos.
Mateo levantó lentamente la vista.
—¿Entonces mi mamá decía la verdad?
Clara se arrodilló frente a él.
—Sí.
Nunca dejó de buscarte.
El pequeño rompió a llorar.
Clara lo abrazó con fuerza.
Pensé que aquello era suficiente para derrumbar a la familia Salvatierra.
Pero uno de los abogados abrió un segundo expediente.
Su expresión era mucho más seria.

—Hay algo que ninguno de ustedes conoce.
Sacó una fotografía reciente.
En ella aparecía la madre de Mateo entrando en un edificio apenas tres semanas antes.
—La investigación demuestra que no desapareció hace seis años.
Hizo una pausa antes de pronunciar las siguientes palabras.
—Alguien mantuvo oculto su verdadero paradero todo este tiempo.
Y la última persona registrada entrando a visitarla… fue la señora Verónica Salvatierra.