Dos horas después, las puertas de cristal del Hotel Gran Imperial comenzaron a llenarse de empresarios, políticos y directivos invitados a la gala benéfica más importante del año.
Mauricio llegó tomado del brazo de Renata.
Lucía ya no estaba en sus pensamientos.
Mientras entregaba su invitación, comentó con una sonrisa:
—Por fin voy a aparecer con la mujer adecuada.
Renata acomodó su vestido color esmeralda.
—¿Y si Valeria hace un escándalo?
Mauricio soltó una carcajada.
—No tiene dinero ni para pagar un taxi hasta este lugar.
Dentro del salón, más de quinientos invitados conversaban bajo enormes lámparas de cristal.
El presidente del consejo organizador consultó su reloj por tercera vez.
—Todavía falta nuestra invitada principal.
Mauricio escuchó la frase sin darle importancia.
Creía que hablaban de algún político.
En ese instante, las puertas principales se abrieron.
Un silencio absoluto recorrió el salón.
Valeria entró caminando lentamente.
Llevaba un vestido azul marino de corte elegante, sin joyas llamativas y con Lucía tomada de la mano.
La niña ya había recibido atención odontológica.
Su pequeño rostro seguía inflamado, pero caminaba con la cabeza en alto.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Quién la dejó entrar?
Antes de que alguien respondiera, el presidente del consejo descendió apresuradamente del escenario.
Se acercó a Valeria y le estrechó ambas manos.
—Señora Salazar… bienvenida. Llevábamos años esperando su regreso.
Mauricio sintió un vacío en el estómago.
Uno tras otro, varios empresarios comenzaron a acercarse para saludarla.
Algunos incluso la abrazaban con respeto.
Renata dejó de sonreír.
—¿Qué está pasando?
Nadie respondió.
Entonces apareció un hombre de cabello completamente blanco.
Don Ernesto Salazar.
Durante décadas había sido uno de los inversionistas más influyentes del país.
Se detuvo frente a Valeria.
—Hija…
Ella lo abrazó por primera vez en seis años.
—Perdón por haber tardado tanto.
Don Ernesto besó la frente de Lucía.
—Ya están en casa.
El salón entero rompió en aplausos.
Mauricio dio un paso hacia ellos.
—Esto tiene que ser un malentendido.
Don Ernesto giró lentamente.
Su mirada se volvió helada.
—No. El malentendido fue creer que podías vivir durante seis años utilizando el apellido de mi hija mientras destruías su vida.
Mauricio palideció.
—¿Su… hija?
Valeria respiró hondo.
—Nunca te interesó conocer a mi familia.
Preferiste convencerme de que debía cortar todo contacto con ellos para demostrarte amor.
Y yo cometí el peor error de mi vida.
En ese momento, Arturo apareció acompañado por dos auditores y varios agentes ministeriales.
Entregó una carpeta al fiscal presente en la gala.
—Aquí están los desvíos financieros, las empresas fantasma y las transferencias autorizadas por Mauricio Alcázar.
El hombre abrió la carpeta delante de todos.
Las primeras hojas llevaban firmas, estados de cuenta y contratos originales.
Mauricio retrocedió.
—Eso… eso es imposible.
Arturo negó con serenidad.
—Llevamos seis años documentándolo todo.
Creí que aquello sería suficiente.
Pero entonces Lucía levantó la mano.
Miró directamente a Renata.
Con la inocencia de una niña de cinco años, preguntó en voz alta:

—¿Por qué me pegaste tantas veces si yo solo quería limpiar tu vestido?
El salón quedó completamente en silencio.
Renata no pudo responder.
Y justo en ese instante, uno de los agentes recibió una llamada urgente.
Escuchó unos segundos antes de dirigirse al fiscal.
—Acaban de confirmar algo más.
La agresión contra la menor quedó grabada completa por las cámaras de seguridad de la mansión.
Y las imágenes ya están en camino hacia este salón.