Conduje varios kilómetros sin atreverme a romper el silencio.
La vieja Dodge vibraba en cada cambio de marcha y el motor protestaba en las subidas, pero seguía avanzando como si también hubiera esperado toda la vida aquel momento.
Clare apoyó un brazo en la ventanilla.
El viento movía algunos mechones de su cabello mientras contemplaba la carretera con una tranquilidad que me desconcertaba.
—¿Siempre conduces tan tenso? —preguntó al fin.
Solté una risa nerviosa.
—Normalmente no llevo a una mujer que prácticamente acabo de conocer.
Ella sonrió.
—Yo tampoco suelo irme de viaje con un vecino diez años menor.
Nos miramos un instante y ambos terminamos riendo.
La tensión comenzó a desaparecer.
—¿No vas a preguntarme adónde vamos? —dije.
—No.
—¿Ni cuánto tiempo?
—Tampoco.
Fruncí el ceño.
—Eso es confiar demasiado.
Clare negó lentamente.
—No es confianza.
Se quedó unos segundos mirando la carretera.
—Es cansancio.
Aquellas dos palabras pesaban más que cualquier explicación.
Después de varios minutos añadió:
—Durante veinte años todo en mi vida estuvo planificado. Mi matrimonio, mi casa, mis vacaciones, incluso el color de las paredes. Y aun así terminé sola.
Respiró hondo.
—Por primera vez quiero descubrir qué pasa cuando dejo de controlar cada paso.
No supe qué responder.
Hicimos la primera parada en una gasolinera perdida entre campos de trigo.
Mientras llenaba el depósito, un anciano que repostaba en el surtidor de al lado observó la furgoneta con curiosidad.
—Bonita restauración —comentó.
—Gracias. La terminé ayer.
El hombre sonrió y miró a Clare.
—¿Luna de miel?
Casi dejé caer la manguera.
—¡No! Nosotros…
Antes de que pudiera terminar, Clare respondió con absoluta naturalidad.
—Todavía no lo sabemos.
El anciano soltó una carcajada y nos deseó buena suerte antes de marcharse.
La observé incrédulo.
—¿Por qué dijiste eso?
Ella levantó una ceja.
—Porque explicar la verdad tarda demasiado.
Subimos de nuevo a la Dodge.
Esta vez el silencio era distinto.
Más cómodo.
Más peligroso.
Al caer la tarde encontramos un pequeño lago rodeado de pinos y decidimos pasar allí la primera noche.
Saqué una mesa plegable.
Preparé café.
Clare caminó hasta la orilla mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas.
La luz anaranjada iluminaba el agua como un espejo.
—Es precioso —susurró.
Me acerqué con dos tazas.
—Brindo por el primer día.
Ella chocó suavemente su taza contra la mía.
—Y por las malas decisiones.
Reí.
—¿Crees que esto es una mala decisión?
Clare me miró fijamente.
—Todavía no lo sé.
En ese momento sonó su teléfono.
Era la primera vez que lo hacía desde que habíamos salido.
La pantalla se iluminó con un único nombre.
David.
Clare dejó de sonreír.
La llamada se detuvo.
Cinco segundos después volvió a sonar.
Luego una tercera vez.
Finalmente apareció un mensaje.
Ella lo abrió, leyó apenas una línea y el color desapareció de su rostro.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Clare apagó lentamente la pantalla.
Tardó varios segundos en responder.

—Mi exmarido…
Levantó la vista hacia mí.
—Dice que acaba de descubrir algo sobre mi divorcio.
Algo que, según él, nunca debí saber.