PARTE 2 — La niña que vio la verdad

Un silencio pesado cayó sobre la habitación.

La lluvia golpeaba los ventanales con tanta fuerza que parecía querer arrancarlos de sus marcos.

Nadie se atrevía a respirar.

León Montenegro apartó lentamente la mirada de Sofía y la clavó en la bandeja donde descansaban sus medicamentos, una jarra de agua y una copa de cristal con restos de un líquido amarillento.

—Cierren la puerta —ordenó con voz ronca.

Los dos escoltas obedecieron al instante.

Mariana abrazó a su hija con fuerza. Sentía las piernas temblar.

—Señor… es solo una niña. No sabe lo que dice.

León negó despacio.

—No. Los niños todavía no aprendieron a mentir.

Sofía seguía observando la bandeja.

De pronto soltó la mano de su madre, caminó hasta la mesa de noche y tomó la copa vacía.

La acercó a su nariz.

Su expresión cambió.

Frunció el ceño.

Después señaló el vaso, luego el pecho de León y finalmente volvió a hacer la misma seña.

—Malo.

Mariana sintió un escalofrío.

Desde pequeña, Sofía tenía una sensibilidad extraña para reconocer olores. Era capaz de detectar leche descompuesta o una fuga de gas antes que cualquier adulto.

Pero jamás había visto aquella reacción.

León tomó aire con dificultad.

—¿Quién preparó mi medicina esta mañana?

Uno de los escoltas respondió de inmediato.

—Como siempre, don Ernesto la recibió del médico. Después la señorita Verónica la trajo personalmente hasta aquí.

Los ojos de León se endurecieron.

Verónica llevaba quince años administrando la casa.

Conocía cada habitación, cada caja fuerte y cada uno de sus horarios.

Era la única persona autorizada para entrar sin pedir permiso.

En ese instante llamaron a la puerta.

—Señor Montenegro —dijo una voz femenina desde el otro lado—. Es hora de la siguiente dosis.

León hizo una seña para que nadie respondiera.

La puerta volvió a abrirse lentamente.

Verónica apareció con una bandeja nueva y una sonrisa impecable.

—¿Cómo se siente hoy?

Al ver a Mariana y a Sofía dentro de la habitación, su sonrisa desapareció apenas un segundo.

Fue un gesto mínimo.

Tan breve que cualquiera lo habría pasado por alto.

Excepto Sofía.

La niña levantó la vista y quedó completamente inmóvil.

Sus ojos se fijaron en un pequeño broche de plata sujeto al uniforme de Verónica.

Era una serpiente enroscada.

Sofía comenzó a respirar cada vez más rápido.

Apretó con fuerza su conejita de tela.

Luego retrocedió dos pasos y escondió el rostro contra las piernas de su madre.

Mariana se sorprendió.

Su hija jamás reaccionaba así con los desconocidos.

León lo notó de inmediato.

—¿Qué ocurre?

Mariana intentó tranquilizar a la niña usando señas.

Sofía levantó una mano temblorosa.

Con los dedos dibujó una serpiente.

Después señaló directamente a Verónica.

Y, por última vez, repitió la seña que hizo que la sangre de León se helara.

—Malo.

Verónica sonrió con aparente calma.

Pero una diminuta gota de sudor comenzó a deslizarse por su sien mientras, escondida bajo la bandeja, su otra mano buscaba discretamente el teléfono que llevaba en el bolsillo.

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