Hice clic en “Transferir fondos”.
Introduje el número de mi cuenta personal.
720.000 dólares.
El sistema me pidió una verificación de seguridad.
Introduje el código que llegó a mi teléfono.
Durante unos segundos, la pantalla mostró una barra de progreso.
Después apareció un mensaje sencillo.
“Transferencia completada.”
Respiré despacio.
Por primera vez en varios días, sentí que podía volver a pensar con claridad.
A continuación abrí una carpeta que llevaba meses sin tocar.
Dentro estaban todos los documentos relacionados con nuestro matrimonio: escrituras, estados bancarios, declaraciones de impuestos y el acuerdo prenupcial que Lucas había insistido en firmar antes de casarnos.
Qué ironía.
Aquel documento, redactado para protegerlo a él, también protegía mi herencia.
Los setecientos veinte mil dólares provenían casi por completo de inversiones realizadas con dinero heredado de mis padres.
Legalmente, podía demostrar el origen de cada centavo.
Escaneé toda la documentación y la envié a mi abogada.
Cinco minutos después sonó mi teléfono.
—¿Emma? ¿Estás completamente segura?
—Nunca lo he estado tanto.
Hubo unos segundos de silencio.
—Entonces prepararé la solicitud de divorcio hoy mismo.
—Hazlo.
—¿Quieres esperar a que él regrese?
Miré la fotografía de nuestra boda que aún seguía sobre la estantería.
Lucas sonreía como si fuera el hombre más feliz del mundo.
Tomé el marco y lo coloqué boca abajo.
—No va a regresar.
Mi abogada no hizo más preguntas.
Colgamos.
El resto de la tarde la dediqué a algo que jamás imaginé hacer.
Cambié todas mis contraseñas.
Cancelé las tarjetas adicionales.
Abrí una caja de seguridad en otro banco.
Guardé allí las joyas familiares que habían pertenecido a mi madre.
Después llamé a la empresa de alarmas.
—Necesito cambiar todos los códigos de acceso de la casa.
—¿Hoy mismo?
—Hoy mismo.
Cuando terminé, el sol ya estaba cayendo.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Lucas.
“Ya embarqué. Te amo. Prometo llamarte en cuanto aterrice en Zúrich.”
Observé aquellas palabras durante unos segundos.
Mentía con una naturalidad que me revolvió el estómago.
Abrí la aplicación de rastreo compartido que él mismo había instalado años atrás “por seguridad”.
El avión que decía abordar nunca apareció.
En cambio, una hora más tarde, su ubicación se actualizó cerca de una terminal privada.
Luego desapareció.
Sonreí con tristeza.
Ni siquiera había intentado que su historia fuera perfecta.
A las nueve de la noche recibí otra notificación.
Esta vez era del banco.
“Se intentó iniciar sesión en la cuenta conjunta desde un dispositivo desconocido.”
Un minuto después sonó mi teléfono.
Lucas.
Lo dejé sonar.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
En el cuarto intento contesté.
—Emma… —su voz había perdido toda la calma—. ¿Qué pasó con el dinero?
Miré por la ventana mientras las luces de la ciudad comenzaban a encenderse.

—¿Qué dinero, Lucas?
Al otro lado solo se escuchó una respiración agitada.
Entonces comprendí que, por primera vez desde que lo conocía, el hombre que había planeado engañarme durante dos años era quien acababa de quedarse sin plan.