PARTE 2: EL HOMBRE AL QUE LLAMÓ “ABUELO”

La gala comenzó a las ocho en punto.

El salón principal del Hotel Imperial estaba cubierto de candelabros de cristal, arreglos de orquídeas blancas y más de cuatrocientos invitados.

Empresarios.

Gobernadores.

Magistrados.

Directores de fundaciones.

Todos esperaban la llegada del presidente de la Fundación Beltrán.

Mi padre.

Yo entré por una puerta lateral.

No llevaba el vestido sencillo con el que había salido de la mansión.

Vestía un traje negro elegante.

Lucía llevaba un vestido azul claro que apenas alcanzaba a ocultar el moretón de su mejilla.

La maquilladora había intentado cubrirlo.

No quiso.

—No lo tapes —le dije.

—Quiero que se vea.


Diego apareció pocos minutos después.

Renata caminaba tomada de su brazo.

Sonreía para todas las cámaras.

Como si ya perteneciera a aquella familia.

Cuando me vio, soltó una risa.

—Mira quién vino.

Diego negó con la cabeza.

—Siempre haciendo escenas.

No respondí.

Solo seguí caminando.

Entonces las puertas principales se abrieron.

Todo el salón se puso de pie.

Mi padre entró acompañado por el patronato de la fundación.

A sus setenta años seguía imponiendo silencio sin levantar la voz.

Diego acomodó inmediatamente la corbata.

—Tenemos que saludarlo.

Renata sonrió nerviosa.

—Dicen que nunca acepta fotografías.

Avanzaron entre los invitados.

Yo permanecí inmóvil.

Lucía levantó la vista hacia mí.

—¿Ya puedo?

Le acaricié el cabello.

—Sí, mi amor.

La niña soltó mi mano.

Comenzó a correr.

Atravesó todo el salón mientras varios invitados intentaban detenerla.

Mi padre giró la cabeza al escuchar los pequeños pasos.

Y entonces ocurrió.

Lucía se lanzó directamente a sus brazos.

—¡Abuelo!

Toda la sala quedó completamente en silencio.

Mi padre la abrazó con una ternura que muy pocas personas habían visto.

—Mi princesa…

¿Qué pasó?

Lucía rompió a llorar.

Señaló directamente hacia Renata.

—Ella fue quien me pegó.

El tiempo pareció detenerse.

Mi padre levantó lentamente la vista.

Sus ojos encontraron primero el rostro de Renata.

Después el de Diego.

Y finalmente el mío.

Vio el moretón.

Vio la mejilla inflamada.

Vio los labios partidos de su nieta.

No preguntó nada más.

Su voz salió tranquila.

Demasiado tranquila.

—¿Quién la tocó?

Lucía volvió a señalar.

—Ella.

Renata dio un paso atrás.

—Eso…

No fue así.

Solo intenté corregirla.

Mi padre entregó suavemente a Lucía a uno de sus asistentes.

Después caminó lentamente hacia Renata.

Todo el salón abrió paso.

Nadie respiraba.

Diego intentó intervenir.

—Señor Beltrán, esto es un asunto familiar.

Mi padre ni siquiera lo miró.

Se detuvo frente a Renata.

—¿Usted golpeó a mi nieta?

Ella tragó saliva.

—Fue…

Un accidente.

La niña derramó jugo sobre mi vestido.

Mi padre asintió lentamente.

Como si hubiera recibido exactamente la respuesta que esperaba.

Luego giró apenas la cabeza.

—Héctor.

El hombre que había contestado mi llamada horas antes apareció de inmediato.

—Sí, señor.

—Que nadie salga del salón.

Diego frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

Héctor entregó una carpeta a mi padre.

Él la abrió.

Sacó varios documentos.

—Hace cuatro horas ordené una auditoría urgente sobre Grupo Santillán.

Los directivos presentes comenzaron a mirarse entre ellos.

Mi padre continuó.

—Los primeros resultados llegaron hace quince minutos.

Entregó una copia al presidente del consejo empresarial.

Otra al representante del banco principal.

Y otra al fiscal invitado a la gala.

Diego empezó a perder el color.

—¿Qué…

¿Qué tiene que ver eso con mi hija?

Mi padre levantó la vista.

—Todo.

Sacó el último documento.

—Mientras usted permitía que una desconocida golpeara a mi nieta…

Hizo una breve pausa.

—…su empresa ocultaba contratos simulados, créditos vencidos y garantías falsas utilizando el prestigio de la Fundación Beltrán.

El murmullo fue inmediato.

Renata comenzó a temblar.

Diego intentó acercarse a mí.

—Isabela…

Podemos hablar.

Negué con serenidad.

—Hace seis años dejé de ser Isabela Santillán.

Miré a todo el salón.

—Siempre fui Isabela Beltrán.

Mi padre colocó lentamente una mano sobre mi hombro.

Después habló con una firmeza que hizo estremecer el salón entero.

—Y desde esta noche…

Miró directamente a Diego.

—…el único apellido que volverá a llevar mi nieta será Beltrán.

En ese instante se abrieron nuevamente las puertas del salón.

No entraron periodistas.

Entraron agentes de la fiscalía acompañados por representantes de la unidad financiera.

El fiscal sostuvo una carpeta color vino.

Buscó a Diego entre los invitados.

Y pronunció una frase que nadie esperaba escuchar en la gala más importante del año.

—Señor Diego Santillán.

Queda formalmente notificado del aseguramiento inmediato de sus cuentas, de la apertura de una investigación por fraude financiero y de una denuncia adicional por presunta violencia familiar contra una menor de edad.

Por primera vez desde que lo conocía…

Diego dejó de sonreír.

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