El mundo pareció detenerse.
Mis dedos buscaron instintivamente la cadena que siempre llevaba bajo el cuello del suéter.
La saqué lentamente.
La pequeña llave plateada colgaba exactamente donde había estado durante siete años.
Nunca me separé de ella.
Nunca supe por qué.
Solo recordaba que, cuando desperté en el hospital después de aquel accidente, la llevaba puesta.
Los médicos me dijeron que era una pertenencia personal.
Y desde entonces jamás la quité.
Alexander levantó la otra mitad.
Las dos piezas eran idénticas.
No.
Eran complementarias.
Como si hubieran sido fabricadas para convertirse en una sola.
—¿Dónde… conseguiste eso? —pregunté casi sin voz.
Él sonrió con una tristeza infinita.
—La misma persona que te dio la tuya.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—¿Quién?
Alexander no respondió.
En lugar de eso, acercó lentamente su llave.
Las dos piezas encajaron con un pequeño clic metálico.
Perfectamente.
Como si nunca hubieran estado separadas.
Un murmullo recorrió el restaurante.
Mis amigas seguían observando desde la otra mesa.
Yo apenas podía mantenerme en pie.
Porque, en el instante en que ambas mitades se unieron…
Un recuerdo atravesó mi mente.
Lluvia.
Muchísima lluvia.
Un viejo puente de madera.
Yo llorando desconsoladamente.
Y un muchacho sujetándome de las manos.
—Si algún día vuelves a olvidarme…
Él colocaba media llave alrededor de mi cuello.
—…búscame con esto.
Le entregaba la otra mitad.
—Porque yo nunca voy a olvidarte.
El recuerdo desapareció tan rápido como llegó.
Me llevé una mano a la cabeza.
—¿Qué fue eso?
Alexander dio un paso hacia mí.
—El primer recuerdo.
Levanté la vista.
—¿Qué accidente tuve?
Él cerró los ojos unos segundos.
Como si hubiera esperado esa pregunta durante años.
—No fue un accidente cualquiera.
—Entonces…
Su voz salió muy despacio.
—Tú perdiste parte de la memoria.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Qué?
—Durante varios meses.
Retrocedí un paso.
—No…
Mis padres me dijeron que solo había sufrido una conmoción leve.
Alexander negó lentamente.
—Eso fue lo que decidieron contarte.
El restaurante dejó de existir para mí.
Solo podía escucharlo a él.
—¿Por qué mentirían?
Alexander respiró profundamente.
—Porque cuando despertaste…
Hizo una pausa.
—…ya no me reconocías.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
—Eso…
—Los médicos dijeron que algunos recuerdos podían volver.
Otros jamás.
Yo seguía intentando ordenar las piezas.
—Entonces…
Miré nuestro chat.
Los mensajes.
Los cumpleaños.
Las Navidades.
—¿Por qué nunca me contaste nada?
Él soltó una risa cansada.
—Lo intenté.
Sacó el teléfono.
Abrió una carpeta.
Había decenas de fotografías.
Capturas de pantalla.
Notas médicas.
Y una última imagen.
Éramos nosotros.
Mucho más jóvenes.
Sonriendo frente a una pequeña cafetería.
Yo llevaba aquella misma cadena.
Él también.
Detrás de la fotografía alguien había escrito con marcador negro:
“Prométeme que, aunque un día no recuerdes mi nombre, nunca tirarás la llave.”
Las piernas comenzaron a temblarme.
Aquella letra…
Era mía.
—Yo escribí eso…
Alexander asintió.
—Dos semanas antes del accidente.
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
—¿Qué éramos?
Él me sostuvo la mirada durante varios segundos.
Después respondió con una calma que dolía más que cualquier grito.
—Éramos una pareja.
Sentí que el pecho se vaciaba.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Tres años.
Tres años.
Tres años completos borrados de mi memoria.
Me apoyé en la mesa para no caer.
Todo aquello era imposible.
Mis padres.
Mis amigos.
Nadie.
Nadie me había hablado jamás de Alexander Reed.
Como si nunca hubiera existido.
Como si alguien hubiera arrancado aquella parte de mi vida.
—¿Por qué todos guardaron silencio?
Él bajó lentamente la mirada.
—Porque alguien les pidió que lo hicieran.
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
Alexander sacó un sobre amarillo, visiblemente antiguo.
Estaba doblado por las esquinas.
Nunca lo había abierto.
Lo colocó frente a mí.
En la parte delantera aparecía una sola frase escrita a mano.

Reconocí inmediatamente aquella caligrafía.
Era la de mi madre.
“Entrégaselo únicamente cuando ella vuelva a preguntarte quién eres.”