Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Estás segura? —pregunté, inclinándome otra vez hacia Mariana.
Ella apenas pudo asentir.
Su respiración seguía siendo pesada.
—La memoria… estaba en la caja fuerte del despacho…
Hizo una pausa para recuperar aire.
—Desapareció… dos días antes del viaje…
La enfermera entró en ese momento y me pidió salir para estabilizarla.
Antes de que la puerta se cerrara, Mariana reunió las pocas fuerzas que le quedaban.
—No vayas al resort…
—Ve… al taller…
…
Salí corriendo del hospital.
En menos de veinte minutos estaba frente a Muebles Raíz.
La puerta principal no tenía señales de haber sido forzada.
Pero al entrar comprendí que alguien había estado allí.
El cajón donde guardábamos los dispositivos bancarios estaba perfectamente acomodado.
Demasiado perfectamente.
Abrí la caja fuerte.
Los contratos seguían en su sitio.
También los sellos fiscales.
Solo faltaban dos cosas.
El token bancario.
Y la memoria USB que contenía nuestra e.firma empresarial.
Respiré hondo.
Mariana tenía razón.
Aquello llevaba días preparado.
En ese momento sonó mi teléfono.
Era el director del banco.
—Señor Navarro.
Acabamos de detectar un intento de acceso desde un dispositivo no habitual.
—¿Pudieron bloquearlo?
—Sí.
Pero hay algo extraño.
La persona conocía todas las credenciales.
Solo falló porque usted congeló las operaciones hace unos minutos.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué operación intentaban realizar?
Hubo unos segundos de silencio.
—Una transferencia por nueve millones ochocientos mil pesos.
Casi dejé caer el teléfono.
Ese dinero representaba los ahorros de la empresa.
La nómina.
Los impuestos.
Los pagos a proveedores.
Si desaparecía, el negocio quebraría en cuestión de días.
—¿A qué cuenta iba dirigido?
El ejecutivo respondió lentamente.
—Una cuenta empresarial abierta hace apenas cuatro días.
Nombre del titular…
Escuché cómo revisaba el sistema.
—Grupo Horizonte Costero S.A.
Nunca había oído ese nombre.
…
Cinco minutos después llamé a nuestro contador.
Contestó inmediatamente.
—Daniel.
Justo iba a buscarte.
—¿Qué ocurre?
—Ayer recibí un correo donde supuestamente tú autorizabas cambiar la cuenta principal de la empresa.
Mi sangre se heló.
—Yo jamás envié ese correo.
—Lo imaginé.
Por eso no hice ningún cambio.
Pero la firma digital parecía completamente auténtica.
Miré la caja fuerte vacía.
Ya no había dudas.
No querían robarme unas tarjetas.
Querían convertirse legalmente en los dueños del dinero.
…
Volví a marcar el número de Sergio.
Contestó al tercer tono.
La música seguía sonando de fondo.
—¿Ya se te pasó el berrinche?
Preguntó riéndose.
No respondí.
Solo hice una pregunta.
—¿Dónde está el token del banco?
Hubo un silencio demasiado largo.
Después soltó una carcajada.
—No sé de qué hablas.
Colgué sin decir una palabra.
Su reacción había sido suficiente.
…
Llamé inmediatamente al abogado de la empresa.
Le envié fotografías de la caja fuerte.
Del inventario.
Y del intento de transferencia.
Su respuesta llegó menos de un minuto después.
—Daniel.
No salgas del taller.
Voy para allá con un perito informático.
Y trae también a la policía.
Porque si usaron la e.firma para mover dinero…
Esto ya no es un simple fraude bancario.
Mientras esperaba, revisé las cámaras de seguridad internas.
Retrocedí las grabaciones hasta dos noches antes del viaje.
A las 10:43 de la noche apareció una figura entrando con su propia llave.
No era un ladrón.
Era Karla.
Detrás de ella caminaba Sergio.
Mi hermana abrió tranquilamente la caja fuerte mientras Sergio fotografiaba documentos.
Pero entonces apareció una tercera persona.
Cuando la imagen mostró claramente su rostro, dejé de respirar.

No era mi madre.
No era un empleado.
Era el gerente de la sucursal bancaria donde llevábamos más de ocho años manejando todas las cuentas de Muebles Raíz.
Y fue él quien entregó personalmente un sobre sellado a Sergio antes de que los tres abandonaran el taller.