Derek dio dos pasos hacia el balcón.
Su voz ya no sonaba furiosa.
Sonaba desesperada.
—Skylar… entra. Vamos a hablar.
Negué lentamente.
Una mano sujetaba la barandilla.
La otra aferraba el bolso donde había escondido el sobre y el teléfono prepago.
El viento golpeaba mi rostro todavía enrojecido por el café hirviendo.
Detrás de Derek aparecieron Suzanne y su madre.
Suzanne sonrió con desprecio.
—¿Ahora va a hacerse la víctima?
La madre de Derek suspiró como si todo aquello fuera culpa mía.
—Siempre fue demasiado dramática.
Derek extendió una mano.
—Dame el bolso.
No respondí.
Solo levanté el teléfono prepago.
Su rostro cambió de inmediato.
Por primera vez vi auténtico miedo en sus ojos.
—¿Dónde encontraste eso?
—En el fondo falso de tu escritorio.
Nadie dijo una palabra.
Deslicé la pantalla.
El teléfono seguía desbloqueado.
Además del chat con Suzanne había una aplicación de grabación automática.
Abrí la carpeta.
Cientos de archivos.
Fechas.
Horas.
Conversaciones.
Reproduje el más reciente.
La voz de Suzanne llenó el departamento.
—Si firma voluntariamente, perfecto. Si no, hacemos que parezca un episodio de ansiedad. Mamá ya habló con el vecino del piso quince para decir que Skylar lleva semanas actuando raro.
Después sonó Derek.
—Y si aun así se resiste… el balcón sigue ahí. Un accidente desde el piso catorce siempre parece una tragedia.
La sonrisa de Suzanne desapareció.
La madre de Derek dio un paso atrás.
—¡Apágalo!
No obedecí.
Abrí otro audio.
Esta vez hablaba un hombre desconocido.
—Las firmas quedaron muy bien. Nadie notará la diferencia. Cuando presenten la cesión, parecerá completamente legal.
Sentí un escalofrío.
Derek intentó acercarse.
—Skylar…
Escúchame.
Eso no significa…
Lo interrumpí.
—¿No significa que falsificaste mi firma?
Él guardó silencio.
—¿No significa que planeabas robar mi departamento?
Silencio otra vez.
Entonces levanté lentamente el sobre.
—Aquí también encontré las copias de mi identificación, el contrato listo para registrarse y un documento llamado “Plan B”.
Suzanne palideció.
Sabía exactamente de qué hablaba.
Saqué la última hoja.
La leí en voz alta.
—Retirar a Skylar del inmueble. Esperar cuarenta y ocho horas antes de reportar la desaparición. Acceder a las cuentas utilizando los dispositivos personales ya configurados.
Mi respiración comenzó a acelerarse.
Aquello ya no era un intento de quitarme la casa.
Era un plan para borrar mi existencia.
En ese instante sonó una alarma.
No provenía del departamento.
Era el teléfono prepago.
En la pantalla apareció un mensaje automático.
“Copia de seguridad completada exitosamente.”
Debajo podía leerse el destino.
Carpeta compartida: HARRIS LEGAL GROUP.
Derek abrió los ojos con incredulidad.
—No…
No podía ser.
Entendí inmediatamente lo que significaba.
El teléfono llevaba semanas enviando automáticamente todas las grabaciones a un servidor externo.
Ni siquiera él lo sabía.
Miré a Derek.
—¿Quién configuró esto?
Él negó lentamente con la cabeza.
—Yo no…
Antes de terminar la frase, otro mensaje apareció en la pantalla.
“Nuevo acceso detectado. El abogado Michael Harris ha descargado los archivos.”
El color desapareció por completo del rostro de Derek.
No era miedo a perder el departamento.
Era miedo a otra cosa.
Mucho más grande.
En ese momento sonó el timbre.
Tres golpes firmes.
Nadie se movió.
Volvieron a llamar.
Esta vez una voz habló desde el otro lado de la puerta.
—¿Señor Derek Collins?
Somos de la Unidad de Delitos Financieros.
Necesitamos hablar con usted sobre varios documentos que fueron enviados esta mañana por un despacho jurídico.
Miré nuevamente el teléfono.
La última grabación seguía reproduciéndose sola.

Pero ya no era la voz de Derek.
Era la de un hombre completamente desconocido.
Y la primera frase hizo que incluso Derek retrocediera un paso.
—Si Skylar descubre lo ocurrido con tu primera esposa, esta vez no podremos encubrir otro accidente.