Cerré todas las cortinas.
Apagué el teléfono principal.
Después saqué una vieja tableta que casi nunca usaba.
Si aquellas noticias eran reales, cualquier movimiento descuidado podía convertirse exactamente en la historia que ya había leído.
Respiré hondo.
Escribí un solo nombre.
Clara Vidal.
No apareció nada.
Ni entrevistas.
Ni fotografías.
Ni redes sociales.
Ni registros públicos relevantes.
Como si aquella mujer hubiera existido únicamente en el futuro.
Volví a intentarlo.
Busqué combinaciones distintas.
“Clara Vidal Damián Cruz.”
Nada.
“Clara Vidal actriz.”
Nada.
“Clara Vidal arquitecta.”
Nada.
Absolutamente nada.
Fruncí el ceño.
Una mujer que, según las noticias, terminaría casada con el actor más famoso del país no podía desaparecer por completo de internet.
Salvo que alguien hubiera trabajado durante años para borrar su rastro.
Mi teléfono vibró.
Era Damián.
No contesté.
Cinco segundos después volvió a llamar.
Luego otra vez.
Y otra.
Hasta completar doce llamadas perdidas.
Un minuto más tarde apareció un mensaje.
“¿Estás bien?”
No respondí.
Otro.
“Abre la puerta.”
Sentí un escalofrío.
Corrí hacia la ventana.
Su automóvil seguía estacionado frente a mi casa.
No se había ido.
Jamás se había ido.
Durante cinco años aquello me había parecido romántico.
Ahora me parecía otra cosa.
Control.
No abrí.
Media hora después escuché el motor arrancar.
Solo entonces respiré.
A las once y cuarenta y tres recibí otro mensaje.
“Mañana desayunamos. No quiero que terminemos el día enfadados.”
Lo leí varias veces.
Después bloqueé su número por primera vez desde que lo conocía.
A la mañana siguiente fui directamente al edificio donde trabajaba la agencia que representaba a Damián.
No entré.
Esperé en la cafetería de enfrente.
Dos horas después apareció Laura Méndez.
Su antigua jefa de prensa.
La mujer había abandonado la empresa seis meses atrás.
Siempre había sido amable conmigo.
Me acerqué.
—Laura.
Ella sonrió.
—¡Isabella!
Nos abrazamos.
Pero al verme de cerca frunció el ceño.
—¿Qué ocurrió?
—Necesito hacerte una pregunta.
—Claro.
Respiré despacio.
—¿Conoces a alguien llamada Clara Vidal?
Su expresión desapareció.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi perfectamente.
Laura dejó lentamente la taza sobre la mesa.
—¿Quién te habló de ella?
El corazón comenzó a golpearme con fuerza.
Entonces sí existía.
—Así que la conoces.
Laura permaneció en silencio.
Miró alrededor.
Después volvió hacia mí.
—No deberías mencionar ese nombre aquí.
—¿Por qué?
—Porque Damián prohibió hablar de ella hace años.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Quién es?
Laura negó lentamente.
—No puedo decirte.
—Necesito saberlo.
—No.
—¡Laura!
Ella bajó la voz.
—Si todavía aprecias a Damián…
No sigas buscando.
Aquellas palabras me dejaron completamente inmóvil.
No había dicho “si te aprecias a ti”.
Había dicho “si aprecias a Damián”.
Como si el peligro fuera para él.
O como si creyera que protegerlo seguía siendo mi prioridad.
Cuando salí de la cafetería ya no tenía dudas.
La noticia del futuro no era una invención.
Clara existía.
Y llevaba años escondida.
Aquella misma tarde decidí hacer algo que jamás había hecho.
Fui al apartamento de Damián sin avisarle.
Conocía el código de seguridad.
Conocía cada habitación.
Creía conocer cada rincón de aquella casa.
Entré.
Todo parecía igual.
Hasta que llegué al despacho.
La puerta estaba cerrada con llave.
Nunca antes lo había estado.
Saqué el viejo juego de llaves que él mismo me había regalado en nuestro segundo aniversario.
Ninguna funcionó.
Sonreí con amargura.
Así que sí había secretos.
Mientras observaba la cerradura, escuché pasos detrás de mí.
Me giré.
Era Víctor.
El mayordomo que llevaba trabajando para Damián más de quince años.
Al verme, se quedó completamente quieto.
—Señorita Isabella…
Asentí.
—Necesito abrir esta puerta.
Él tragó saliva.
—El señor Cruz pidió que nadie entrara.
—¿Ni siquiera yo?
Víctor guardó silencio.
Aquello ya era una respuesta.
Me acerqué un paso.
—Víctor…
Llevas años viéndonos.
Solo dime una cosa.
¿Quién es Clara Vidal?
El hombre perdió todo el color del rostro.
Sus manos comenzaron a temblar.
Después miró instintivamente hacia la puerta principal, como si temiera que alguien pudiera escucharlo.
Y pronunció una frase que hizo que toda mi realidad volviera a desmoronarse.
—Señorita…
Usted lleva cinco años haciendo la pregunta equivocada.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Qué quiere decir?
Víctor cerró lentamente los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, había una mezcla de culpa y miedo en su mirada.
—La pregunta no es quién es Clara Vidal…
Hizo una pausa.
—La pregunta es por qué el certificado de matrimonio de ella y el señor Cruz tiene exactamente la misma fecha… que el contrato mediante el cual usted empezó a trabajar para él.