El 31 de diciembre, a las siete de la noche, el comedor estaba lleno.
Dieciocho familiares de Diego ocupaban cada silla de la casa.
Todos esperaban el banquete que, durante tres años, yo había preparado prácticamente sola.
Cuando levanté la tapa de las ollas, el silencio fue inmediato.
Frijoles.
Arroz.
Tortillas recién hechas.
Salsa.
Nada más.
Patricia dejó el tenedor sobre la mesa.
—¿Dónde está el pavo?
Nadie respondió.
—¿Y los camarones?
Seguí sirviendo los platos con absoluta tranquilidad.
Diego se puso de pie.
—Marina, deja de jugar.
—No estoy jugando.
—Mi familia viene todos los años.
Asentí.
—Lo sé.
—Entonces, ¿qué significa esto?
Coloqué el último plato sobre la mesa.
—Que este año la cena la paga quien decidió quedarse con el dinero.
Patricia golpeó la mesa.
—¡Qué vergüenza!
La miré con serenidad.
—Vergüenza fue decirme que podía volver a ahorrar un millón ochocientos mil pesos como si fueran monedas.
Los murmullos comenzaron a recorrer el comedor.
Varios familiares miraron a Diego sin entender.
Él intentó cambiar de tema.
—Hablaremos luego.
Negué con la cabeza.
—No. Será ahora.
Saqué una carpeta azul de mi bolso y la dejé sobre la mesa.
Dentro estaban tres años de estados de cuenta.
Cada transferencia aparecía resaltada.
Hipoteca.
Predial.
Mantenimiento.
Seguro del automóvil.
Consultas médicas de Patricia.
Viajes familiares.
Regalos de Navidad.
Todo había salido de mi cuenta.
Un tío de Diego comenzó a pasar las hojas lentamente.
—¿Ella pagó todo esto?
Nadie contestó.
Patricia intentó cerrar la carpeta.
—Eso pertenece a la vida privada del matrimonio.
—No cuando durante años me llamaron egoísta delante de toda la familia.
Respiré profundamente.
—Hoy todos van a conocer la verdad.
En ese momento sonó el teléfono de Diego.
Contestó con evidente molestia.
Su expresión cambió por completo.
—¿Cómo que hay un problema con la inversión?
Todos guardaron silencio.
Patricia se levantó de inmediato.
—¿Qué pasó?
Diego escuchó unos segundos más.
Las manos comenzaron a temblarle.
—Eso es imposible.
Colgó lentamente.
—¿Qué ocurre? —preguntó Patricia.
Él apenas pudo responder.
—La empresa donde invertiste el dinero…
Tragó saliva.
—Está siendo investigada por fraude.
Patricia soltó una risa nerviosa.
—Seguro es un error.
Diego negó con la cabeza.
—El banco acaba de congelar la operación.
Nadie puede retirar un solo peso.
El comedor quedó completamente en silencio.
Yo cerré la carpeta sin decir una palabra.
Pensé que aquello era suficiente.
Pero mi teléfono vibró.
Era un mensaje de mi abogado.
Solo decía:
“Revisa la última página del expediente que preparé para ti.”
Abrí el archivo.
Leí las primeras líneas.
Sentí un escalofrío.
Levanté la vista hacia Diego.

—Hay algo que todavía no sabes.
Él me miró confundido.
Deslicé la última hoja sobre la mesa.
Era un informe financiero emitido esa misma tarde.
Debajo del nombre de Diego aparecía una cifra en letras enormes.
Deuda fiscal pendiente: $4,860,000 pesos.
Y el requerimiento de pago había sido notificado… hacía exactamente tres horas.