A las siete de la mañana siguiente sonó el timbre de mi departamento.
No abrí.
Miré la cámara del portero electrónico.
Doña Leticia estaba acompañada por Sebastián y dos hombres que no conocía.
Golpeaba la puerta con desesperación.
—¡Daniela! ¡Tenemos que hablar como adultos!
Silencié el interfono.
Cinco minutos después llegó el primer mensaje.
“Si no abres, diremos que nos estafaste con la boda.”
Luego otro.
“Mi hijo gastó una fortuna por tu culpa.”
No respondí.
En lugar de hacerlo, conecté mi computadora y abrí una carpeta que llevaba meses alimentando en silencio.
La había llamado simplemente “Respaldo”.
Dentro había capturas de pantalla, audios, correos electrónicos y conversaciones.
No los reuní por desconfianza.
Los reuní porque Sebastián tenía la costumbre de decir una cosa delante de todos y otra completamente distinta cuando creía que nadie lo escuchaba.
El primer audio tenía cuatro meses de antigüedad.
La voz de doña Leticia sonó con absoluta claridad.
—Cuando se casen, la convencemos de poner el departamento a nombre de Sebastián. Si se niega, él sabrá cómo presionarla.
Después habló Renata.
—¿Y si descubre el plan antes?
Sebastián respondió con una tranquilidad que todavía me revolvía el estómago.
—No se preocupen. Daniela confía demasiado en mí.
Cerré los ojos un instante.
Aquella frase había sido suficiente para destruir cinco años de recuerdos.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un número desconocido.
Contesté.
—¿Señorita Daniela Hernández?
—Sí.
—Habla el administrador de la hacienda donde se celebró la recepción.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Ocurrió algo?
—Sí. Queríamos informarle que varias personas solicitaron anoche una copia de las grabaciones de seguridad, diciendo que usted había robado sobres con dinero de los invitados.
Mi respiración se detuvo.
—¿Quién hizo esa solicitud?
El administrador guardó silencio unos segundos.
—La señora Leticia Ortega.
Sonreí por primera vez desde que cancelé la boda.
—No entregue absolutamente nada. Mi abogado se comunicará con usted hoy mismo.
Colgué.
Justo entonces mi padre llegó con el abogado de la familia.
Le mostré todos los archivos.
El abogado los revisó uno por uno.
Al terminar, levantó la vista.
—No solo intentaron extorsionarte.
Hizo una pausa.
—Intentaron hacerlo con premeditación.
Sacó una hoja y comenzó a escribir.
—Con esto podemos presentar una denuncia por amenazas, tentativa de fraude y coacción.
En ese instante entró un nuevo correo electrónico.
El remitente era anónimo.
Solo contenía un video de treinta segundos.
Lo reproduje.
La grabación pertenecía a una cámara de servicio de la hacienda.
Mostraba a Sebastián y a su madre una hora antes de la ceremonia.
Creían que estaban solos.

Doña Leticia sonreía mientras sostenía el documento que intentaron obligarme a firmar.
—Si acepta, nos quedamos con el departamento.
—¿Y si no firma? —preguntó Sebastián.
Ella soltó una carcajada.
—Entonces la humillamos delante de cuatrocientas personas. Una mujer avergonzada termina aceptando cualquier cosa.
El abogado detuvo el video.
Sonrió con serenidad.
—Señorita Daniela…
Cerró la carpeta y añadió:
—Creo que ellos todavía no entienden que la boda cancelada será el menor de sus problemas.