La pantalla permaneció iluminada frente a mí.
Cada segundo era un riesgo.
Álvaro dormía a menos de dos metros, con la cabeza apoyada sobre el sillón, convencido de que yo era una mujer derrotada que jamás volvería a levantarse.
Entré primero en sus mensajes.
El primer nombre fijado arriba era el de Irene.
Sentí un nudo en el estómago.
Irene: “Alba ya pregunta cuándo podrá llamarte papá delante de todos.”
La respuesta de Álvaro llegó apenas unos minutos después.
“Después de la boda. En cuanto Lucía firme los poderes notariales, todo será nuestro.”
Mi respiración se detuvo.
Abrí el resto de la conversación.
Había fotografías de la niña celebrando cumpleaños con Álvaro.
Vacaciones en la playa.
Navidades.
Siete años de una vida paralela.
Mientras yo organizaba nuestra boda, él ya tenía una familia.
Continué deslizando la pantalla.
Encontré un grupo llamado Proyecto Aurora.
Pensé que era un asunto empresarial.
Me equivocaba.
Dentro estaban Álvaro, su padre, el doctor Salcedo, un abogado y el conductor que me había atropellado.
El último mensaje decía:
“Cuando Lucía firme la administración de Constructora Vega, eliminaremos cualquier rastro del accidente.”
Mis manos comenzaron a temblar.
No era solo una traición.
Era una conspiración.
Descargué cada conversación en la nube.
Después envié una copia a un correo electrónico que Álvaro desconocía.
Borré el historial.
Justo cuando iba a dejar el teléfono en su sitio, apareció una notificación nueva.
Era un mensaje de voz del padre de Álvaro.
Lo reproduje con el volumen casi al mínimo.
—Recuerda una cosa, hijo. Si esa muchacha descubre que el verdadero accionista mayoritario de la empresa es ella por la herencia de su abuelo, perderemos todo.
Sentí un escalofrío.
¿Accionista mayoritaria?
Yo siempre había creído que las pocas acciones que mi abuelo me dejó no tenían ningún valor.
Habían mentido también sobre eso.
Guardé el teléfono exactamente donde estaba.
Cerré los ojos antes de que Álvaro despertara.
A la mañana siguiente entró sonriendo, con un enorme ramo de lirios blancos.
—¿Cómo amaneció mi futura esposa?
Lo miré con la misma dulzura con la que él llevaba meses mirándome mientras planeaba destruirme.
—Mucho mejor.
Él sonrió aliviado.
—Sabía que no me ibas a dejar solo.
Tomó mi mano.
—En cuanto salgas del hospital firmaremos unos documentos para que yo pueda administrar todo mientras te recuperas.
Asentí lentamente.
—Claro.
Su expresión se relajó por completo.
No sospechaba que ya había leído cada uno de sus secretos.
Ni que todas las pruebas estaban almacenadas en tres lugares distintos.
Ni que, mientras él preparaba una boda con Irene…
Yo ya estaba preparando el día en que perdería su empresa, su apellido… y su libertad.

Porque esta vez no pensaba escapar.
Pensaba esperar.
Y destruirlo con la misma paciencia con la que él había planeado destruir mi vida.