A las cinco y doce de la mañana, el teléfono de Mauricio comenzó a sonar sin descanso.
Contestó medio dormido.
—¿Bueno?
Del otro lado habló el sistema de alarma de la casa.
—Se ha detectado un cambio de propietario autorizado. Todos los códigos de acceso anteriores han sido desactivados.
Mauricio se incorporó de golpe.
—¿Qué cambio de propietario?
Colgó inmediatamente e intentó abrir la aplicación de seguridad.
Su usuario había sido eliminado.
Bajó corriendo las escaleras.
Doña Ofelia seguía dormida en el sillón principal. Rubén roncaba frente al televisor. Las maletas permanecían abiertas por toda la sala.
En ese momento sonó el timbre.
Tres personas esperaban en la entrada.
Un cerrajero.
Un actuario.
Y el abogado Martín Salgado.
—Buenos días —dijo el abogado mientras mostraba una carpeta—. Venimos en representación de la propietaria de este inmueble.
Mauricio abrió la puerta con una sonrisa burlona.
—Mi esposa está haciendo un berrinche. Esto se resolverá cuando regrese.
Martín negó con tranquilidad.
—Su esposa no.
La propietaria.
Abrió la carpeta y colocó las escrituras sobre la mesa.
El nombre de Mariana Salgado aparecía como única dueña desde dos años antes del matrimonio.
No existía copropiedad.
No existía sociedad conyugal sobre ese inmueble.
No existía ningún derecho de permanencia para la familia Rivas.
Doña Ofelia arrebató los documentos.
—¡Eso es falso!
—Puede verificarlos en el Registro Público de la Propiedad.
El actuario dio un paso al frente.
—A partir de este momento tienen una hora para retirar sus pertenencias.
Rubén comenzó a gritar.
—¡No pueden echarnos!
—Legalmente sí.
Mauricio marcó desesperadamente mi número.
No contesté.
Volvió a llamar.
Otra vez.
Y otra.
Solo recibió un mensaje.
“Toda comunicación deberá realizarse a través de mi abogado.”
Por primera vez desde la boda, sintió miedo.
Media hora después, una camioneta de mudanzas comenzó a sacar las maletas.
Los vecinos observaban desde las ventanas.
Doña Ofelia no dejaba de repetir que aquella casa pertenecía a su hijo.
El abogado levantó otra carpeta.
—Hay algo más.
Todos guardaron silencio.
—La señora Mariana también presentó durante la madrugada una denuncia por apropiación indebida de joyas familiares.
Doña Ofelia llevó la mano instintivamente hasta su cuello.
Todavía llevaba puesto el collar de oro que me había pedido “prestado” durante la recepción.
El policía que acababa de llegar la observó con atención.
—Señora, necesito que entregue inmediatamente esa pieza.
La sonrisa desapareció del rostro de Ofelia.
Mauricio la miró sin poder creerlo.
—Mamá… ¿todavía lo tienes puesto?
Ella intentó quitárselo con manos temblorosas.
Pero el broche se había atorado.
En ese instante, el teléfono del abogado volvió a sonar.
Escuchó unos segundos y sonrió.

—Perfecto. Ya llegó.
Mauricio frunció el ceño.
—¿Quién?
Martín cerró la carpeta con calma.
—La señora Elvira.
Trae el segundo juego de documentos.
Los que demuestran que esta casa… ni siquiera fue el regalo más valioso que Mariana recibió de su familia.