Mauricio soltó una carcajada tan fuerte que incluso Lorena sonrió.
—Eso es absurdo. Mi abuela jamás dejaría la empresa a una mujer que ni siquiera lleva nuestro apellido.
El abogado no alteró el tono.
—Hace ocho meses, la señora Beatriz firmó una modificación ante notario y con dos testigos. El documento permanece sellado desde entonces.
El silencio comenzó a extenderse por la sala.
Clara observó a Mauricio sin apartar la mirada.
Era la primera vez que lo veía realmente nervioso.
—Estás mintiendo —dijo él.
—Mañana lo comprobará personalmente.
Lorena dio un paso al frente.
—Mauricio, vámonos. Está intentando ganar tiempo.
Pero él ya no la escuchaba.
Tomó el teléfono de las manos de Clara.
—¿Dónde está ese supuesto testamento?
—En la Notaría Veintisiete de Monterrey. Ya fue validado por el Registro Público. Desde esta tarde no puede modificarse ni anularse.
Mauricio colgó de inmediato.
Marcó otro número.
—Tío Ernesto, necesito que hables con el notario… ahora mismo.
Esperó unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—¿Qué quieres decir con que nadie puede acceder al expediente?
Guardó silencio.
Después volvió a preguntar.
—¿Quién autorizó el bloqueo?
La respuesta hizo que aflojara lentamente la mano.
El teléfono cayó sobre el sofá.
Clara nunca lo había visto tan pálido.
—¿Qué pasa? —preguntó Lorena.
Mauricio tragó saliva.
—El expediente quedó protegido por orden directa de mi abuela… hace meses.
En ese momento sonó el timbre.
Un hombre de traje oscuro esperaba en la puerta.
—¿Clara Navarro?
—Sí.
Le entregó un sobre color marfil con un sello de cera.
—Instrucciones personales de la señora Beatriz. Debían entregarse únicamente si alguien intentaba obligarla a abandonar esta casa antes de la lectura del testamento.
Clara rompió el sello.
Dentro había una carta escrita a mano.
Reconoció inmediatamente la elegante caligrafía de doña Beatriz.
“Querida Clara: si estás leyendo esto, Mauricio ya mostró el verdadero hombre en el que se convirtió.”
Las manos de Mauricio comenzaron a temblar.
“No discutas con él. No abandones esta casa. Legalmente ya no le pertenece, aunque todavía no lo sepa.”
Lorena dejó de sonreír.
“También encontrarás una memoria USB. Entrégasela al abogado únicamente después de la lectura del testamento.”
Clara abrió el pequeño compartimento del sobre.
Dentro había una memoria plateada.
Mauricio intentó arrebatársela.
—¡Dámela!
Antes de que pudiera tocarla, el hombre del traje dio un paso al frente.
—Le aconsejo que no lo haga, señor Alcázar.
—¿Y usted quién demonios es?
El hombre sacó una credencial.
—Durante los últimos doce años fui el jefe de seguridad personal de la señora Beatriz.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Y desde esta mañana, mi obligación es proteger exclusivamente a la nueva propietaria de esta casa.
En ese instante, el teléfono de Clara vibró.
Era un mensaje del abogado.

Solo contenía una fotografía.
La imagen mostraba la primera página del testamento.
Y, justo debajo del nombre de Clara como heredera universal, aparecía una cláusula que hizo que Mauricio sintiera que el mundo se derrumbaba.
“Mauricio Alcázar queda expresamente excluido de cualquier derecho sucesorio por la traición que cometió contra mi familia.”