—¡Nian Nian!
Mi voz resonó por todo el pasillo mientras corría hacia la puerta de emergencia.
Las dos pulseras seguían en el suelo.
Una pertenecía a mi hija.
La otra, al niño que aseguraba ser Yanchen.
Las recogí con las manos temblorosas.
Ambas llevaban exactamente el mismo número de identificación del hospital.
Aquello era imposible.
Daniel apareció detrás de mí jadeando.
—Elena, escúchame. No los persigas.
Me giré con tanta fuerza que casi lo golpeé.
—¡Mi hija acaba de desaparecer! ¿Cómo puedes pedirme eso?
Él abrió la boca, pero ningún sonido salió de ella.
El médico llegó corriendo con varios guardias de seguridad.
—Cierren todas las salidas. Nadie abandona el edificio.
Las puertas automáticas comenzaron a bloquearse una tras otra.
Sin embargo, una cámara de vigilancia seguía mostrando la escalera de incendios.
En la pantalla apareció Nian Nian.
No estaba llorando.
Caminaba tranquilamente de la mano del niño.
Como si confiara completamente en él.
—Eso no tiene sentido… —susurré.
Mi hija jamás habría seguido a un desconocido.
Entonces el niño se volvió lentamente hacia la cámara.
Sonrió.
Y levantó tres dedos.
El médico dejó caer la carpeta que llevaba.
—No…
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Su rostro perdió todo el color.
—Tres niños.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—¿Qué acaba de decir?
Daniel cerró los puños.
—Ya basta.
Pero el médico retrocedió.
—No fueron dos bebés aquella noche.
Fueron tres.
El pasillo quedó completamente en silencio.
—Eso es mentira —respondí.
—Los registros originales fueron destruidos, pero yo estaba aquí cuando nacieron.
Mi respiración se aceleró.
—¿Quién era el tercero?
Antes de responder, todas las pantallas del hospital cambiaron al mismo tiempo.
La imagen de las cámaras desapareció.
En su lugar apareció el rostro de una mujer con mascarilla.
La reconocí al instante.
Laura.
Mi hermana.
Sonreía.
—Hola, Elena.
Su voz sonó por los altavoces de todo el hospital.
—Llevas ocho años buscando al hijo equivocado.
Sentí que el mundo se desmoronaba.
—¿Dónde está Nian Nian?
Laura ignoró la pregunta.
—Si quieres volver a verla, ven sola al lugar donde todo comenzó.
La pantalla mostró durante apenas dos segundos una habitación antigua del área de maternidad.
En la pared aún podía leerse un número borrado por el tiempo.
307.
La transmisión se cortó.

En ese mismo instante, una enfermera irrumpió gritando.
—¡Doctor! ¡Han encontrado otra cuna escondida en el antiguo sótano del hospital!
Todos la miramos.
Dentro de aquella cuna había una manta amarillenta… y una placa metálica con un único nombre grabado.
YANCHEN.