El cronómetro comenzó a descender.
09:59.
09:58.
Nadie en la plataforma entendía por qué el tren vacío acababa de abandonar la estación completamente solo.
Yo sí.
Si el sistema había sido manipulado una vez, podía volver a hacerlo con pasajeros.
—¡Cierren todas las entradas! ¡Evacuen la montaña rusa ahora mismo! —grité.
Los visitantes protestaron, convencidos de que se trataba de otro retraso sin importancia.
Uno de los empleados dudó.
—Pero el director acaba de autorizar la siguiente salida.
—¡El director está implicado! ¡No dejen subir a nadie!
Ferrer me miró durante un instante.
Después tomó su radio.
—Código rojo. Nadie entra en la atracción hasta nueva orden.
Las barreras comenzaron a cerrarse.
Entonces todas las pantallas del parque cambiaron al mismo tiempo.
En lugar de los horarios de las atracciones apareció mi fotografía.
SUPERVISORA RESPONSABLE DEL SABOTAJE.
La multitud estalló.
Algunos empezaron a señalarme.
Otros sacaron sus teléfonos para grabar.
—¡Es ella!
—¡Intentó provocar un accidente!
Sentí un nudo en el estómago.
El director no solo quería deshacerse de mí.
Quería convertirme en la culpable delante de cientos de testigos.
Mi radio volvió a sonar.
Era su voz.
—Si quieres limpiar tu nombre, ven sola a la sala de control. Tienes ocho minutos.
Ignoré la amenaza.
—Ferrer, necesito acceder al servidor central.
Corrimos hacia la oficina técnica.
Mientras tanto, la policía acordonaba la zona y los agentes retenían a Verónica.
Su hijo comenzó a llorar.
—Mamá dijo que solo era una broma…
Nadie respondió.
Al llegar al servidor encontramos una sorpresa.
Todas las cámaras del parque seguían grabando.
Nunca estuvieron averiadas.
Alguien simplemente había ocultado las imágenes.
Revisamos la grabación de aquella mañana.
El técnico aparecía retirando la pieza del bloqueo.
Segundos después entraba el director.
Pero no estaba solo.
Una tercera persona, con uniforme de mantenimiento y el rostro parcialmente cubierto, le entregó un sobre lleno de dinero.
Ferrer amplió la imagen.
El hombre levantó la cabeza durante apenas un segundo.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Era el inspector gubernamental que, durante cinco años, había firmado todos los certificados de seguridad del parque.

En ese mismo instante, el sistema anunció automáticamente:
—Inicio de secuencia de lanzamiento en dos minutos.
Nos miramos en silencio.
Si alguien había activado el programa desde el exterior, significaba una sola cosa.
El verdadero responsable seguía dentro del parque.
Y acababa de poner en marcha otra atracción… llena de pasajeros.