PARTE 2: EL VIDEO QUE EL CÓMPLICE INTENTÓ BORRAR

—¡Deténganlo!

La voz de Sebastián atravesó el jardín antes de que el hombre de la corbata verde alcanzara la salida de la hacienda.

Dos elementos de seguridad reaccionaron de inmediato.

Los invitados comenzaron a levantarse de sus asientos.

Las copas dejaron de sonar.

La música seguía completamente apagada.

El hombre aceleró el paso.

Después corrió.

No llegó muy lejos.

Los guardias lo sujetaron junto al portón principal mientras intentaba quitarse la corbata y esconder los lentes dentro del saco.

Renata dio un paso hacia Sebastián.

—Mi amor… esa niña está confundida. Solo está inventando cosas.

Sebastián no respondió.

Seguía mirando a Sofía.

La pequeña abrazaba con fuerza su ajolote de peluche.

—¿Estás segura de que era él?

Sofía asintió sin dudar.

—Él le dio un beso a la señorita Renata.

Un murmullo recorrió todo el jardín.

Renata sonrió con nerviosismo.

—Tiene tres años. Seguro vio una película o soñó algo.

Entonces Elena apareció entre las mesas, completamente pálida.

—Perdón, señor Sebastián. Yo… yo no sabía que Sofía había salido de la cocina.

Intentó cargar a su hija.

Pero Sebastián levantó una mano.

—Déjala.

Después se dirigió al hombre retenido por los guardias.

—¿Cómo te llamas?

El desconocido guardó silencio.

Uno de los elementos de seguridad encontró una identificación en el bolsillo interior del saco.

—Bruno Alcázar.

Sebastián sintió un escalofrío.

Ese nombre le resultaba familiar.

Muy familiar.

Sacó su teléfono.

Buscó rápidamente entre antiguos correos electrónicos.

Apareció un archivo.

Bruno Alcázar.

Consultor externo contratado seis meses atrás por recomendación de Renata para “optimizar la estructura patrimonial” de sus empresas.

Sebastián levantó lentamente la vista.

—¿Así que nunca dejaste de trabajar para ella?

Bruno permaneció callado.

Renata dio un paso atrás.

—No sé qué está pasando…

—¿No?

Sebastián abrió otro correo.

Allí aparecía la autorización que él mismo había firmado para permitir que Bruno revisara los fideicomisos familiares.

La recomendación llevaba únicamente una firma.

La de Renata.

El silencio se volvió insoportable.

Entonces Sofía tiró suavemente del pantalón de Sebastián.

—Hay otra cosa.

Él volvió a agacharse.

—¿Qué pasó, campeona?

La niña señaló el bolso blanco que Renata había dejado junto al altar.

—El señor de lentes le dio un teléfono.

Renata reaccionó de inmediato.

Corrió hacia el bolso.

Pero uno de los guardias fue más rápido.

Lo abrió frente a todos.

Dentro había maquillaje.

Un pasaporte.

Y un teléfono celular apagado.

—Ese no es mío —dijo Renata casi sin respirar.

Sebastián tomó el aparato.

Lo encendió.

Aparecía bloqueado.

Pero en la pantalla de notificaciones aún podían leerse varios mensajes.

“Elimina el video antes de la ceremonia.”

“No olvides borrar la carpeta del penthouse.”

“Si el niño habla, niega todo.”

Sebastián sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.

—¿Qué video?

Nadie respondió.

Bruno bajó la cabeza.

Renata ya no encontraba palabras.

En ese instante, Elena recordó algo.

Su rostro perdió completamente el color.

—Señor Sebastián…

Él volteó hacia ella.

—Hace doce días… cuando Sofía llegó llorando de esa habitación… yo pensé que solo había roto unos dibujos.

Elena respiró con dificultad.

—Pero antes de dormir me entregó una memoria USB que encontró en el piso. Dijo que era “del señor de los lentes”.

Sebastián abrió lentamente los ojos.

—¿Dónde está?

Elena tragó saliva.

—La guardé porque pensé devolvérsela después de la boda.

Metió la mano en el bolsillo de su delantal.

Sacó una pequeña memoria plateada.

Y cuando Sebastián leyó la etiqueta escrita con marcador negro, comprendió que aquella boda jamás había sido el verdadero objetivo.

En la etiqueta solo había tres palabras.

“Plan Después Matrimonio”.

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