PARTE 2: EL EXPEDIENTE QUE NADIE DEBÍA LEER

A las ocho de la mañana, Valeria condujo hasta el consultorio del psiquiatra con una serenidad casi perfecta.

Teresa iba en el asiento trasero, despeinada a propósito, abrazando un viejo muñeco de tela mientras murmuraba frases sin sentido.

Alejandro permanecía en silencio.

Cada gesto de su madre estaba cuidadosamente ensayado.

En la sala de espera, Valeria se acercó discretamente a la recepcionista.

—Si durante la consulta dice cosas raras sobre mí, por favor no le hagan caso. Últimamente inventa historias muy elaboradas.

La mujer asintió con compasión.

Alejandro escuchó cada palabra.

Cuando el doctor Ricardo Méndez abrió la puerta, saludó con cordialidad.

—Pasen, por favor.

Valeria tomó inmediatamente la palabra.

Durante casi veinte minutos describió a Teresa como una mujer agresiva, paranoica y completamente incapaz de tomar decisiones.

Sacó fotografías de pequeños golpes, videos donde Teresa gritaba y una carpeta médica perfectamente organizada.

—Aquí está todo su historial —afirmó—. La enfermedad ha avanzado muchísimo.

El psiquiatra comenzó a revisar los documentos.

Teresa permanecía con la mirada perdida, balanceándose lentamente en la silla.

De pronto levantó la cabeza.

—¿Ya vino mi esposo del mercado?

Valeria suspiró con aparente tristeza.

—¿Lo ve, doctor?

El médico escribió algunas notas.

Alejandro esperó el momento exacto.

—Doctor, ¿podría revisar también esto?

Colocó sobre el escritorio otro expediente, mucho más grueso.

El psiquiatra frunció el ceño.

—¿Qué contiene?

—Todos los estudios originales de mi madre realizados hace nueve meses. Los recuperé esta madrugada del hospital donde fue atendida antes de que cambiaran de especialista.

Valeria perdió el color del rostro.

—¿Qué…? Eso… eso no hace falta…

El médico abrió la primera página.

Después la segunda.

Luego la tercera.

Su expresión cambió por completo.

Volvió a leer los resultados con mucha más atención.

Finalmente buscó una fecha.

Comparó firmas.

Sellos.

Números de expediente.

Y levantó lentamente la vista.

—Señora Valeria… ¿quién le entregó la carpeta que usted me mostró?

Ella comenzó a tartamudear.

—Es… es la que siempre hemos tenido…

El doctor negó con firmeza.

—No puede ser.

Giró el expediente hacia Alejandro.

—Los estudios neurológicos originales muestran únicamente un deterioro cognitivo leve compatible con la edad. No existe ningún diagnóstico de demencia avanzada ni incapacidad legal.

El silencio inundó el consultorio.

El médico tomó entonces la carpeta presentada por Valeria.

Comparó ambos documentos página por página.

Hasta que encontró algo.

Sacó una hoja.

La acercó a la luz.

Después respiró profundamente.

—Aquí hay una sustitución.

Alejandro sintió que el pulso se aceleraba.

—¿Está seguro?

—Completamente.

El doctor señaló la firma del supuesto especialista.

—Este médico jamás firmó este informe.

Tomó su teléfono.

Marcó un número.

Esperó unos segundos.

—Buenos días, habla el doctor Ricardo Méndez. Necesito confirmar un expediente del Hospital Civil… Sí… número 47831.

Mientras esperaba la respuesta, Valeria ya no podía permanecer sentada.

Sus manos temblaban.

Miraba la puerta.

Miraba el teléfono.

Miraba a Alejandro.

Entonces el doctor activó el altavoz.

La voz del archivo clínico respondió con absoluta claridad.

—Ese diagnóstico fue cancelado hace ocho meses porque se comprobó que correspondía a otra paciente con un nombre similar. El expediente correcto fue rectificado el mismo día.

El consultorio quedó completamente en silencio.

El médico bajó lentamente el teléfono.

Miró a Valeria fijamente.

Y pronunció una frase que hizo que Alejandro comprendiera que aquello era mucho más grave de lo que imaginaba.

—Alguien no ocultó un diagnóstico… alguien fabricó uno para incapacitar legalmente a su madre.

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