PARTE 2: EL HOMBRE MÁS TEMIDO SE ARRODILLÓ ANTE MÍ

El restaurante quedó completamente en silencio.

Ni siquiera se oía la lluvia golpeando los ventanales.

Solo aquellos pasos firmes acercándose lentamente a la mesa donde Misha terminaba el último trozo de tarta.

El hombre se detuvo frente a mí.

Era alto, impecablemente vestido, con una mirada tan fría que parecía capaz de congelar el aire.

Detrás de él entraron otros seis hombres, todos con auriculares y las manos ocultas bajo sus abrigos.

Mi cocinero palideció.

Una camarera dejó caer una bandeja.

Yo seguía sin entender quién era aquel hombre.

—Sí —respondí con calma—. Tenía hambre.

Los ojos del desconocido no se apartaron de los míos.

—¿Sabía quién era?

Negué con la cabeza.

—Solo vi a un niño empapado bajo una tormenta.

El hombre miró a Misha.

El pequeño bajó la cabeza.

—Perdón, papá…

Entonces ocurrió algo que ninguno de nosotros esperaba.

El hombre dejó caer lentamente una rodilla al suelo frente a su hijo.

Lo abrazó con una fuerza desesperada.

—No vuelvas a desaparecer así… nunca más.

Su voz ya no sonaba amenazante.

Sonaba rota.

Misha comenzó a llorar.

—Solo quería salvar al gatito…

—Lo sé.

Durante varios segundos nadie dijo una palabra.

Después el hombre se puso de pie y se volvió hacia mí.

—Me llamo Mijail Volkov.

—Encantada. Soy Elena.

Él observó el restaurante, las mesas viejas, las paredes desgastadas y la pintura descascarada.

—¿Cuánto le debo?

Sonreí.

—Nada.

Frunció el ceño.

—Mi hijo comió.

—Porque tenía hambre.

Sacó una chequera.

—Diga una cifra.

Negué otra vez.

—No vendo la compasión.

Uno de sus escoltas me miró como si acabara de cometer el mayor error de mi vida.

Pero Mijail levantó una mano para detenerlo.

Por primera vez apareció una leve sonrisa en su rostro.

—Hace veinte años una mujer hizo exactamente lo mismo por mí.

Miró a su hijo.

—Yo también era un niño perdido.

Se guardó la chequera.

Pensé que todo había terminado.

Me equivoqué.

Antes de marcharse, dejó una tarjeta negra sobre la mesa.

—Si alguna vez alguien intenta hacerle daño… llámeme.

No acepté la tarjeta.

La empujé hacia él.

—Espero no necesitarla nunca.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso espero yo también.

Los tres todoterrenos desaparecieron bajo la lluvia.

El restaurante volvió a la normalidad.

O eso creí.

Esa misma noche, poco antes de la medianoche, alguien golpeó con fuerza la puerta de mi pequeña casa.

Miré por la ventana.

Había al menos diez vehículos negros estacionados frente a mi jardín.

Pensé que algo terrible había ocurrido.

Abrí la puerta.

Mijail Volkov estaba allí.

Pero esta vez no venía acompañado solo por sus hombres.

También llevaba en brazos al mismo gatito que había hecho que Misha se perdiera.

Y, con una expresión mucho más grave que la del restaurante, dijo:

—Necesito pedirle un favor… porque alguien intentó secuestrar a mi hijo hace apenas una hora.

El silencio me heló la sangre.

Entonces añadió las palabras que cambiarían mi vida para siempre.

—Y usted es la única persona en quien él dice que puede confiar.

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