PARTE 2: LA HERENCIA QUE LO BORRÓ

Gabriel permaneció inmóvil durante varios segundos, con el teléfono todavía pegado al oído.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó, creyendo haber escuchado mal.

Del otro lado, Isabella respiró hondo.

—Los abogados confirmaron que William Carter dejó toda su fortuna a los tres niños. Ethan, Noah y Liam son los únicos beneficiarios. Tú no apareces en ningún documento.

Gabriel sintió un vacío en el estómago.

—Eso es imposible.

—Ya es oficial. Acaban de registrar el fideicomiso.

Colgó sin despedirse.

Por primera vez en muchos años, el hombre que siempre creyó tener el control no sabía qué hacer.

Corrió hasta el despacho de su padre.

Robert Foster levantó la vista del ordenador cuando lo vio entrar.

—¿Qué ocurre?

Gabriel dejó caer el teléfono sobre el escritorio.

—Los niños heredaron todo.

Robert frunció el ceño.

—¿Qué niños?

—Mis hijos.

Un pesado silencio invadió la habitación.

Robert tomó el móvil, leyó el mensaje enviado por el asesor jurídico y su expresión cambió lentamente.

—¿Estás diciéndome que el patrimonio de William Carter terminó en manos de esos tres pequeños?

Gabriel asintió.

—Y Emma es la administradora hasta que cumplan la mayoría de edad.

Robert se levantó de golpe.

—¿Cuánto dinero estamos hablando?

Gabriel tragó saliva.

—Nadie quiere decir la cifra exacta.

En ese momento sonó el teléfono fijo del despacho.

Era el director financiero del grupo Foster.

—Señor Robert… hay un problema.

—Habla.

—Acabamos de descubrir que Carter Capital poseía el treinta y ocho por ciento de las acciones preferentes de nuestra empresa.

Robert sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Y?

—Esas acciones también forman parte de la herencia.

Gabriel abrió los ojos con incredulidad.

—¿Eso significa…?

—Que los representantes legales de los niños pueden convertirse en los mayores accionistas individuales del grupo Foster.

El silencio fue absoluto.

Robert dejó caer lentamente el auricular.

Durante años había despreciado a Emma por considerarla una mujer sin influencia.

Ahora comprendía que la madre de sus nietos tenía el poder de decidir el futuro de todo el imperio familiar.

Mientras tanto, en las oficinas de Holloway & Partners, Richard colocaba otro documento frente a Emma.

—Todavía queda una cláusula que nadie conoce.

Emma levantó la vista.

—¿Qué clase de cláusula?

El abogado sonrió con una calma desconcertante.

—Su abuelo sabía que algún día intentarían acercarse a usted por interés.

Sacó un sobre lacrado con el sello personal de William Carter.

—Por eso escribió una última condición que solo debía abrirse cuando usted volviera a ser completamente libre.

Emma rompió el sello con cuidado.

Al desplegar la primera hoja, su rostro perdió todo el color.

Solo había una frase escrita con la inconfundible letra de su abuelo.

—”Si Gabriel Foster intenta recuperar a su familia después de conocer la herencia… entrégale inmediatamente el expediente negro.”

Emma levantó la mirada, confundida.

—¿Qué contiene ese expediente?

Richard cerró la carpeta con absoluta serenidad.

—La prueba que puede destruir para siempre el apellido Foster.

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