Conduje hacia la casa de mi padre convencido de que iba a exigirle una explicación.
Creía que todo había comenzado con un pastel.
Me equivocaba.
Al doblar por la calle donde vivía desde hacía treinta años, vi la camioneta de Sergio estacionada frente al portón. También había un automóvil negro que no conocía.
No entré de inmediato.
Apagué el motor y observé desde la esquina.
El portón estaba entreabierto.
Las voces salían con tanta claridad que pude reconocer a mi padre antes de bajar del coche.
—Había que humillarlo delante de todos —decía Ernesto con absoluta tranquilidad—. Si no reaccionaba, jamás iba a vender la casa.
Sentí un escalofrío.
¿La casa?
Mi casa.
Aquella donde Mariana y yo vivíamos desde hacía doce años.
Me acerqué sin hacer ruido.
Sergio soltó una carcajada.
—Después de la fiesta va a estar tan enojado que aceptará cualquier oferta.
Entonces escuché la voz del desconocido.
—El desarrollador ya aprobó el proyecto. Solo falta que firme la venta.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
No entendía nada.
La propiedad estaba únicamente a mi nombre.
Nadie podía venderla sin mi autorización.
Mi padre respondió con una seguridad que me dejó helado.
—Déjenmelo a mí. Siempre termina haciendo lo que le digo.
En ese instante empujé el portón.
Los tres voltearon al mismo tiempo.
El silencio fue inmediato.
Mi padre intentó sonreír.
—Hijo… precisamente hablábamos de ti.
Lo miré fijamente.
—Ya lo noté.
El hombre del traje tomó su portafolio y se levantó con evidente incomodidad.
—Creo que regresaré en otro momento.
—No —respondí sin apartar la vista de mi padre—. Quédese. Quiero escuchar el negocio completo.
Ernesto dejó de sonreír.
—No hagas un drama por un juego de niños.
Saqué el teléfono.
Abrí el correo recibido exactamente a las ocho y treinta de la mañana.
Era un mensaje del Registro Público de la Propiedad.
Lo había solicitado meses atrás como medida preventiva.
El asunto decía:
“Intento de consulta sobre inmueble protegido.”
Levanté la pantalla para que mi padre pudiera verla.
Su rostro perdió el color.
—¿Quién pidió información sobre mi casa? —pregunté despacio.
Nadie respondió.
Sergio evitó mirarme.
El desconocido dio un paso hacia atrás.
Entonces comprendí por qué habían utilizado a Renata.

El lodo nunca había sido una broma.
Solo necesitaban romper definitivamente nuestra relación para que yo aceptara vender la única propiedad que impedía construir un complejo de lujo.
Y mientras mi padre aún buscaba una mentira para escapar, un segundo correo entró en mi bandeja.
Esta vez no provenía del Registro.
Era del abogado que había redactado el testamento de mi madre.
El asunto decía únicamente siete palabras.
“Necesitamos hablar antes de que sea demasiado tarde.”