PARTE 2: EL HOMBRE ENTERRADO CON OTRO NOMBRE

No dormí aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos veía la misma imagen.

Alejandro levantando a aquel niño entre sus brazos.

Sonriendo.

Con la misma sonrisa que yo había besado durante doce años.

A las seis de la mañana llamé al único hombre en quien todavía confiaba.

—Ricardo, necesito que vengas al hotel.

Ricardo Salas había sido el abogado de nuestra empresa desde que Alejandro y yo trabajábamos en un pequeño despacho alquilado en la colonia Roma.

Dos horas después llegó con una carpeta bajo el brazo.

Bastó una mirada para comprender que algo muy grave había ocurrido.

—¿Quién murió? —preguntó.

Empujé mi teléfono hacia él.

Primero vio las fotografías.

Después el video donde Alejandro abrazaba a Teresa.

Finalmente la imagen del niño llamándolo “papá”.

Ricardo dejó lentamente el celular sobre la mesa.

—Esto… es imposible.

—Yo también lo creía.

Le entregué el informe que Sofía había conseguido durante la madrugada.

Lo leyó completo.

Cuando terminó, levantó la vista.

—Si estos documentos son auténticos… alguien fingió una muerte.

Asentí.

—Y necesito saber quién está enterrado en esa tumba.

Ricardo permaneció unos segundos en silencio.

Luego abrió su computadora.

—Hay una forma.

—¿Cuál?

—Solicitar judicialmente la exhumación.

Sentí un escalofrío.

Durante cinco años había llevado flores a ese lugar.

Había hablado con aquella lápida cuando necesitaba sentir que Alejandro seguía escuchándome.

Ahora empezaba a sospechar que quizás jamás había estado allí.


Antes del mediodía conduje hasta el Panteón Francés.

El cuidador seguía siendo el mismo hombre mayor que conocía desde el funeral.

Me reconoció enseguida.

—Buenos días, señora Mariana.

Sonrió con tristeza.

—Hace tiempo que no venía.

Miré la tumba.

Las flores estaban frescas.

Alguien había cambiado el arreglo apenas uno o dos días antes.

—¿Quién vino?

El anciano dudó unos segundos.

—Pensé que lo sabía.

—¿Saber qué?

—La señora Teresa viene casi todas las semanas.

Fruncí el ceño.

—¿Sola?

Negó lentamente.

—No siempre.

Sentí que el corazón empezaba a latir con fuerza.

—¿Con quién?

El cuidador señaló discretamente una fotografía de la lápida.

—Con un hombre muy parecido al señor Alejandro.

Durante unos segundos fui incapaz de hablar.

—¿Qué hacen?

—Nunca se quedan mucho tiempo.

Bajan del coche.

Dejan flores.

Hablan unos minutos.

Y se marchan.

Miré nuevamente la lápida.

Cinco años.

Cinco años visitando una tumba junto al hombre que supuestamente descansaba dentro de ella.


Aquella misma tarde Ricardo consiguió una copia digital del expediente médico del hospital donde Alejandro había fallecido.

Lo revisamos página por página.

Todo parecía normal.

Hasta llegar al certificado de defunción.

Ricardo amplió la firma del médico.

Después buscó otra firma del mismo doctor en un expediente antiguo.

Las colocó una junto a la otra.

No coincidían.

—Esto está falsificado.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Estás seguro?

Él asintió lentamente.

—Lo suficiente como para que un juez ordene una investigación.

En ese instante sonó mi teléfono.

Número desconocido.

Contesté.

No hubo saludo.

Solo una voz masculina.

—Deje de buscar.

Miré a Ricardo.

Activó discretamente la grabación del teléfono.

—¿Quién habla?

El hombre ignoró la pregunta.

—Su esposo murió hace cinco años.

Aceptarlo le hará la vida más fácil.

Sonreí por primera vez desde que regresé de Madrid.

—Curioso.

Hubo un breve silencio.

—¿Por qué?

—Porque hace menos de veinticuatro horas lo vi vivo.

La llamada se cortó inmediatamente.

Ricardo dejó el teléfono sobre la mesa.

Su expresión había cambiado por completo.

—Mariana…

—¿Qué pasa?

Él giró lentamente la pantalla de su computadora hacia mí.

Acababa de encontrar un documento que nunca debió existir.

Era la autorización oficial para retirar el cuerpo del hospital la noche del supuesto fallecimiento.

Solo había una firma autorizando la entrega del cadáver.

No era la mía.

No era la del hospital.

Era la de Alejandro Cárdenas. Él mismo había firmado la recepción del cuerpo que, según todos los registros oficiales… era el suyo.

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