Daniel nunca había visto a su padre perder el control.
El anciano Chen respiraba con dificultad, mientras los documentos permanecían esparcidos sobre el enorme escritorio de caoba.
—¿Sabes qué acabas de hacer? —preguntó con la voz temblando de rabia.
Daniel intentó mantenerse firme.
—Papá, solo es un problema temporal. Los bancos volverán a aprobar las líneas de crédito cuando expliquemos la situación.
El señor Chen lanzó una carpeta contra la mesa.
—¡No entiendes nada!
Las hojas se deslizaron hasta los pies de Daniel.
Eran contratos.
Firmados siete años atrás.
Cuando él apenas comenzaba su carrera.
—Lee la cláusula doce.
Daniel bajó la vista.
Cada palabra hacía que el color abandonara su rostro.
La empresa había obtenido la licencia tecnológica gracias a un acuerdo exclusivo con la familia de su esposa.
Mientras el matrimonio existiera, el Grupo Chen podía utilizar aquellas patentes sin pagar regalías.
Pero si el divorcio se producía por infidelidad demostrada…
La autorización desaparecía automáticamente.
Daniel levantó la cabeza.
—Eso… eso no puede hacerse efectivo tan rápido.
Su padre golpeó la mesa.
—¡Ya se hizo!
En ese momento entró la directora financiera.
Llevaba el teléfono pegado al oído.
—Presidente, el Banco Oriental acaba de congelar otra línea de crédito.
No había terminado de hablar cuando sonó otro teléfono.
Después otro.
Y otro más.
Las malas noticias llegaban una tras otra.
Dos proveedores cancelaban las entregas.
El socio extranjero suspendía la firma del contrato.
Los inversionistas exigían una reunión de emergencia.
En menos de una hora, el imperio que tanto presumían comenzaba a tambalearse.
Al otro lado de la ciudad, yo me encontraba en el despacho de mi abogado.
Él deslizó una carpeta hacia mí.
—Todo salió exactamente como estaba previsto.
Asentí en silencio.
No sentía alegría.
Solo una extraña calma.
—¿Los treinta millones?
—Ya están protegidos en la cuenta bloqueada. Nadie podrá reclamarlos.
Abrí la ventana.
Desde el piso treinta podía verse casi toda la ciudad.
Fue entonces cuando sonó mi teléfono.
Era mi exsuegra.
La dejé sonar.
Cinco veces.
Diez.
Después comenzó Daniel.
Luego el señor Chen.
Después directivos de la empresa.
Ninguno obtuvo respuesta.
Mi abogado sonrió.
—Ahora sí necesitan hablar contigo.
Guardé el teléfono nuevamente en el bolso.
—Ayer ya tuvieron su oportunidad.
Mientras tanto, en la villa de los Chen, Vanessa observaba el caos con creciente inquietud.
Nunca había visto discutir al señor Chen con su hijo.
Mucho menos delante de todos.
—¿Qué está pasando? —preguntó con cautela.
Nadie respondió.
Hasta que Patricia perdió la paciencia.
—¡Todo esto empezó por culpa de esa mujer!
El señor Chen giró lentamente la cabeza.
Su mirada era tan fría que Patricia dejó de hablar.
—No.
Hizo una pausa.
—Todo empezó cuando ustedes confundieron a una esposa inteligente con una mujer débil.
Vanessa sintió un escalofrío.
Por primera vez comprendió que aquella familia no estaba celebrando su llegada.
Estaban intentando sobrevivir a la salida de otra persona.
Y entonces ocurrió algo aún peor.
El director jurídico entró apresuradamente en la sala.
Llevaba un sobre certificado.
—Acaba de llegar del tribunal.
El señor Chen lo abrió inmediatamente.
Solo necesitó leer la primera página para quedarse inmóvil.
Daniel dio un paso adelante.
—¿Qué sucede?
Su padre levantó lentamente la vista.
—Ella no solo pidió ejecutar la cláusula de las acciones.
Su voz sonó completamente apagada.
—También presentó oficialmente la demanda por infidelidad… y adjuntó pruebas que ninguno de nosotros sabía que existían.
Toda la sala quedó en silencio.

Daniel sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
Porque, por primera vez desde que comenzó aquella historia, comprendió que su esposa no había firmado el divorcio para rendirse.
Lo había firmado… porque ya no necesitaba seguir siendo parte de la familia Chen para destruir todo aquello que ellos creían intocable.