PARTE 2: LA REUNIÓN QUE NUNCA DEBIERON PEDIR

Dormí apenas tres horas.

No porque tuviera miedo del divorcio.

Sino porque seguía intentando comprender cómo el hombre que una vez me prometió construir una vida conmigo había visto un regalo de cumpleaños… y solo había pensado en cómo apropiárselo.

A las siete y media de la mañana sonó mi teléfono.

Era mi abuela.

—¿Ya te pidieron el hotel? —preguntó con una tranquilidad que me desconcertó.

Suspiré.

—No solo eso. Ethan pidió el divorcio cuando me negué.

Ella soltó una carcajada.

Una risa sincera.

Como la de alguien que acababa de confirmar una sospecha de muchos años.

—Perfecto.

Fruncí el ceño.

—¿Perfecto?

—Cariño, la prueba terminó exactamente como esperaba.

Guardé silencio.

—Escúchame con atención. Dentro de una hora irás al Gran Hotel Bennett. No discutas con nadie. Solo observa.

—¿Y Ethan?

—Déjalo hacer exactamente lo que cree que puede hacer.

Colgó antes de explicarme nada más.


A las nueve menos diez estacioné frente al hotel.

La fachada de piedra caliza brillaba bajo el sol de Chicago.

Las banderas ondeaban sobre la entrada principal.

Los empleados saludaban con elegancia a los huéspedes que llegaban en vehículos de lujo.

Era difícil creer que aquel edificio perteneciera ahora legalmente a mi familia.

Mientras caminaba hacia la recepción vi otro automóvil detenerse.

Ethan.

Y detrás de él, Patricia.

Ambos descendieron vestidos como si fueran a tomar posesión de un imperio.

Patricia llevaba una carpeta negra bajo el brazo.

Sonreía con absoluta seguridad.

—Buenos días —le dijo al recepcionista—. Soy Patricia Carter. Él es Ethan Carter. Venimos a reunirnos con la dirección para asumir la administración del hotel.

El joven recepcionista mantuvo la sonrisa profesional.

—¿Podrían indicarme quién autorizó esa reunión?

Patricia respondió sin dudar.

—La propietaria es mi nuera.

Prácticamente somos la familia que dirigirá todo esto.

El empleado revisó la pantalla.

Después levantó la vista.

—Lo siento, señora. No existe ninguna autorización registrada.

La sonrisa de Patricia desapareció.

—Debe tratarse de un error.

En ese instante apareció el director general del hotel.

Un hombre de unos sesenta años con impecable traje gris.

Patricia caminó directamente hacia él.

—Perfecto. Usted debe ser el gerente. Soy la suegra de la propietaria.

Desde hoy trabajaremos juntos.

El director la observó durante unos segundos.

Luego dirigió la mirada hacia mí.

Se acercó.

No a Patricia.

A mí.

—Buenos días, señorita Bennett.

Todo el personal de recepción enderezó inmediatamente la postura.

—Es un honor darle la bienvenida por primera vez como presidenta del Grupo Bennett Hospitality.

Patricia quedó inmóvil.

Ethan abrió los ojos con sorpresa.

Yo también.

—¿Presidenta? —pregunté.

El director sonrió.

—Su abuela firmó hace seis meses el plan de sucesión. El hotel forma parte del grupo, y con la transferencia usted también asumió automáticamente la presidencia del consejo propietario.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Nadie me había hablado de aquello.

Patricia recuperó la voz.

—Eso no cambia nada. Ethan es su esposo.

El director respondió con absoluta calma.

—En realidad, sí cambia todo.

Abrió una carpeta y colocó varios documentos sobre el mostrador.

—Según los estatutos del Grupo Bennett, aprobados hace treinta años, ningún cónyuge de un heredero puede ocupar cargos directivos, acceder a información financiera o intervenir en decisiones estratégicas sin la autorización unánime del consejo de administración.

Ethan dio un paso adelante.

—Pero soy el marido de Madison.

—Por ahora —respondió el director con cortesía—. Jurídicamente eso no le concede ninguna autoridad sobre las empresas del grupo.

Patricia apretó los labios.

—Esto es ridículo.

En ese momento se abrieron las puertas del ascensor principal.

Mi abuela salió acompañada de tres abogados y de una mujer elegante a la que nunca había visto.

Se acercó lentamente.

Sonreía.

—Buenos días a todos.

Luego miró directamente a Ethan.

—Escuché que anoche pediste el divorcio por un hotel.

Él no respondió.

La sonrisa de mi abuela se hizo aún más amplia.

—Entonces será mejor que conozcas la segunda parte del regalo de cumpleaños de Madison… porque el Gran Hotel Bennett ni siquiera es el activo más valioso que acaba de heredar.

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