Adrian permaneció inmóvil junto a la puerta.
Su respiración era cada vez más pesada.
A través del ventanal, las luces de los vehículos iluminaban la entrada de la villa como si se tratara de un operativo.
Mi hermano Liam fue el primero en bajar.
Detrás de él caminaban cuatro abogados, un notario y varios escoltas.
Por primera vez desde que lo conocía, vi verdadero miedo en los ojos de Adrian Blackwell.
—Elena… —susurró—. No puedes irte así.
No respondí.
Tomé la pequeña maleta que había preparado días antes.
Dentro solo había ropa, algunos libros y el viejo amuleto roto que él había reconstruido con tanto esfuerzo.
No pensaba volver a usarlo.
Solo quería recordarme cuánto dolor podía esconder un símbolo de amor.
Adrian dio un paso hacia mí.
Después otro.
Terminó arrodillándose delante de mí exactamente igual que años atrás.
—Por favor…
—No me abandones otra vez.
Sus manos sujetaban el borde de mi abrigo con desesperación.
—Haré desaparecer a Vanessa.
—Le daré todo el dinero que quiera.
—Nunca volverás a verla.
Lo miré sin emoción.
—¿Y el niño?
Su cuerpo se tensó.
No respondió.
Bastó ese silencio para confirmar que jamás había pensado renunciar a su hijo.
Solo había pensado en conservarnos a los dos.
Sentí una extraña paz.
Ya no dolía.
Solo quedaba cansancio.
En ese instante sonó otro teléfono.
No era el mío.
Era el de Adrian.
En la pantalla apareció un nombre que ambos conocíamos demasiado bien.
Vanessa.
Él dudó unos segundos.
La llamada seguía entrando.
Una.
Dos.
Tres veces.
Yo crucé los brazos.
—Contesta.
Él negó con la cabeza.
—No importa.
—Ahora solo importas tú.
Sonreí con tristeza.
—Siempre dices exactamente lo que necesito escuchar.
—Y siempre haces exactamente lo contrario.
Antes de que pudiera responder, la puerta principal se abrió.
Liam entró acompañado por el notario.
Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en Adrian, todavía de rodillas.
—Llegué tarde —dijo con frialdad—. Parece que ya empezó el espectáculo.
Adrian se levantó de inmediato.
—Esto es un asunto entre mi esposa y yo.
Liam soltó una risa seca.
—Mi hermana dejó de estar sola hace mucho tiempo.
El notario avanzó unos pasos.
—Señor Blackwell.
—Confirmo que el acuerdo firmado hace unos minutos cumple todos los requisitos legales.
—Ha sido registrado mediante certificación notarial y su copia digital ya fue enviada al despacho jurídico correspondiente.
El rostro de Adrian perdió completamente el color.
Giró hacia mí.
—¿Lo planeaste desde antes?
Asentí.
—Desde el momento en que escuché el latido del hijo que escondías.
Su mandíbula tembló.
Nunca imaginó que aquel contrato no era una amenaza.
Era una despedida.
En ese momento, el teléfono volvió a sonar.
Esta vez Liam respondió.
Escuchó apenas unos segundos antes de mirarme con expresión grave.
—Elena…

—Vanessa acaba de ser ingresada de urgencia.
—Dice que solo aceptará tratamiento si Adrian va inmediatamente.
Toda la casa quedó en silencio.
Yo levanté lentamente la vista hacia Adrian.
—Ahora sí…
—Elige de una vez cuál es tu verdadera familia.