PARTE 2: LA FIRMA IMPOSIBLE

Durante varios minutos fui incapaz de moverme.

El parque seguía lleno de niños corriendo detrás de una pelota y parejas paseando a sus perros, pero para mí el mundo acababa de quedarse en silencio.

Volví a mirar aquella última hoja.

La firma era casi perfecta.

Demasiado perfecta.

Solo había un detalle que nadie conocía.

Desde los diecinueve años siempre colocaba un pequeño punto debajo de la última letra de mi apellido. Era una costumbre absurda que jamás había podido abandonar.

En aquella firma, el punto no existía.

Respiré hondo.

—No la hice yo… —susurré.

Abrí el primero de los cuatro cuadernos.

Reconocí inmediatamente mi propia letra.

Durante más de diez años había anotado allí la presión arterial de don Arturo, los horarios de sus medicamentos, las consultas médicas, las caídas que sufría y hasta las noches en las que permanecía despierta porque tenía fiebre.

En muchas páginas aparecían comentarios escritos con otra tinta.

Era la letra de don Arturo.

“Elena pasó toda la noche despierta.”

“Mauricio no vino.”

“Teresa dijo que exageraba.”

Pasé otra hoja.

“Hoy mi hijo tomó dinero de mi pensión sin avisarme.”

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Seguí leyendo.

“Escuché a Teresa decir que harán firmar a Elena cuando esté desesperada.”

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Aquellas notas estaban fechadas casi tres años antes.

Justo cuando el convenio falso había sido redactado.

Entonces abrí el sobre por completo.

En el fondo todavía quedaba un pequeño dispositivo envuelto en una bolsa transparente.

Era una memoria USB.

Pegada con cinta adhesiva había otra nota.

“No confíes en nadie de esta familia. Si lees esto, significa que ya te echaron de la casa.”

Las manos comenzaron a temblarme.

Miré alrededor del parque.

Por primera vez desde que salí de aquella casa tuve la sensación de que alguien podía estar observándome.

Guardé rápidamente todo dentro de la bolsa negra y me levanté de la banca.

Necesitaba un lugar seguro.

Mientras caminaba hacia la avenida principal, mi celular vibró.

Era un mensaje de Mauricio.

“Espero que ya hayas tirado la basura. No vuelvas a buscarnos.”

Apreté el teléfono con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.

No respondí.

Levanté la vista y vi una cafetería al otro lado de la calle.

Entré, pedí un café y me senté en la mesa más alejada.

Saqué la memoria USB.

Durante varios segundos dudé.

Si don Arturo había arriesgado todo para entregármela, era porque contenía algo mucho más grave que una simple falsificación.

Respiré profundamente.

Frente a mí, una estudiante trabajaba con una computadora portátil.

Me acerqué con educación.

—Perdón… ¿Podría prestarme su computadora solo un minuto? Necesito revisar un archivo urgente.

La joven dudó, pero al ver mis ojos llenos de lágrimas aceptó.

Conecté la memoria.

Solo había una carpeta.

Su nombre era tan corto como inquietante.

“ABRIR SOLO DESPUÉS DEL DIVORCIO”.

Cuando hice doble clic, aparecieron decenas de archivos.

El primero era un video.

Y la imagen congelada que apareció en la pantalla mostraba a Mauricio y a Teresa sentados frente a un notario… exactamente tres años antes de que yo descubriera la infidelidad.

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