PARTE 2 – LA CARPETA VINO QUE HIZO TEMBLAR AL CONSEJO

A las 6:17 de la mañana, el teléfono de Mariana vibró por primera vez desde que abandonó la ciudad.

No era Alejandro.

Era el presidente del Consejo de Administración.

—Necesitamos hablar antes de las ocho. Es urgente.

Mariana observó el mensaje mientras el avión esperaba autorización para despegar rumbo a Monterrey.

No respondió.

Dos minutos después llegó otro.

—No permitas que esto se convierta en un escándalo público.

Ella sonrió con amargura.

Durante ocho años le habían pedido exactamente lo mismo.

Guardar silencio.

Proteger la reputación de Grupo Rivas Norte.

Cubrir errores.

Convencer inversionistas.

Resolver demandas.

Mientras Alejandro aparecía en las revistas como el genio detrás del crecimiento de la empresa.

El avión comenzó a moverse.

Mariana apagó el teléfono.


A las siete de la mañana, la sala principal del corporativo en Santa Fe parecía un funeral.

Los doce miembros del Consejo ya ocupaban sus lugares.

Nadie hablaba.

En la pantalla principal seguía proyectada la fotografía enviada durante la madrugada.

Alejandro entró con el rostro desencajado.

—Esto fue un asunto personal.

Uno de los consejeros cerró lentamente su carpeta.

—No después de que toda la empresa lo vio.

Otro accionista levantó la vista.

—La prensa todavía no lo sabe.

—Todavía —corrigió otro.

El presidente respiró hondo.

—Lo que realmente nos preocupa no es la aventura.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Entonces qué?

El presidente deslizó una carpeta color vino sobre la mesa.

Era exactamente igual a la que Mariana había sacado de la caja fuerte.

En la portada solo había tres palabras.

Fraude interno.

El corazón de Alejandro dio un vuelco.

—¿De dónde sacaron eso?

—Lo envió su esposa hace cuarenta minutos.

El silencio se volvió insoportable.

El presidente abrió la carpeta.

Dentro aparecieron transferencias bancarias.

Empresas proveedoras inexistentes.

Facturas duplicadas.

Contratos firmados por compañías creadas apenas unos días antes de recibir pagos millonarios.

Y todos terminaban en las mismas cuentas.

Empresas relacionadas con Renata.

Empresas relacionadas con Alejandro.

Un consejero ajustó sus lentes.

—Según nuestros auditores preliminares…

…faltan más de trescientos veinte millones de pesos.

Nadie respiró.

Alejandro golpeó la mesa.

—¡Eso es falso!

—¿Seguro?

La directora jurídica conectó un disco duro al proyector.

Comenzaron a aparecer correos electrónicos.

Grabaciones.

Conversaciones.

Autorizaciones digitales.

Cada documento llevaba la firma electrónica del propio Alejandro.

Él sintió que el aire desaparecía.

Porque reconocía absolutamente todo.

Creía que aquellas pruebas habían sido eliminadas meses atrás.

Entonces comprendió.

Mariana nunca había descubierto el fraude esa madrugada.

Llevaba meses reuniendo cada pieza.

Esperando.

Calculando.

Preparando el momento exacto.

Su teléfono volvió a sonar.

Era Renata.

Contestó desesperado.

—¿Dónde estás?

Ella lloraba.

—La Fiscalía acaba de llegar a mi departamento.

Alejandro se puso de pie de un salto.

—¿Qué?

—Traen una orden para revisar todas mis computadoras…

La llamada se cortó.

En ese instante, tres hombres y una mujer entraron en la sala de juntas mostrando sus credenciales oficiales.

—Buenos días.

La líder del grupo miró directamente a Alejandro.

—Venimos a ejecutar una orden de aseguramiento de información financiera relacionada con Grupo Rivas Norte.

Toda la sala quedó inmóvil.

La funcionaria dejó un documento sobre la mesa.

Luego pronunció una frase que hizo que incluso los accionistas más antiguos dejaran de respirar.

—Y todo comenzó gracias a la denuncia presentada esta madrugada por la señora Mariana Alcázar de Rivas… accionista mayoritaria y verdadera propietaria del cincuenta y uno por ciento del grupo.

Alejandro sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.

Porque durante ocho años había presumido ser el dueño absoluto del imperio.

Y acababa de descubrir que nunca lo había sido.

Continuará…

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