El sonido del pequeño corazón llenó la habitación durante varios segundos.
Nadie habló.
Ni siquiera el doctor Ellis.
Leo permanecía inmóvil frente al monitor, observando aquella diminuta silueta que apenas comenzaba a parecer un ser humano.
Entonces ocurrió algo que jamás había sucedido.
Con una lentitud casi imperceptible, levantó la mano.
—¿Puedo?
El médico miró a Chloe.
Ella asintió.
Leo apoyó la palma sobre el vientre cubierto por el gel frío.
Sus dedos, capaces de firmar contratos que movían millones de dólares y de condenar empresas enteras con una sola llamada telefónica, temblaron apenas al sentir el calor de su piel.
No dijo una palabra.
Pero Chloe alcanzó a ver algo que nunca creyó posible.
Miedo.
No el miedo de un hombre perseguido por enemigos.
Era el miedo de alguien que, por primera vez en su vida, tenía algo que realmente podía perder.
—Está creciendo perfectamente —explicó el doctor Ellis—. Todo indica que el embarazo evoluciona de forma saludable.
Leo continuó mirando la pantalla.
—¿Ya puede oír?
—Todavía es muy pronto para responder claramente a sonidos externos, pero sí percibe vibraciones y la voz de su madre.
El silencio volvió a instalarse.
Finalmente Leo retiró la mano.
—Refuerza la seguridad de la clínica.
El médico parpadeó.
—¿Perdón?
—Quiero dos equipos adicionales. Revisiones completas del personal. Ningún empleado nuevo sin investigación previa.
—Señor Moretti… nadie sabe que ella está aquí.
Leo respondió sin apartar la vista del monitor.
—Eso espero.
Pero nunca construyo mi seguridad sobre esperanzas.
Mientras tanto, al otro lado de Manhattan, Bradley terminaba su café.
Su acompañante dejó la taza sobre el plato.
—¿Quién era esa mujer?
—¿Chloe?
Él soltó una sonrisa despreocupada.
—Mi ex.
—Parecía triste.
Bradley se encogió de hombros.
—Siempre fue demasiado sensible.
Sacó el teléfono para revisar sus correos.
Entonces apareció una notificación.
Cliente: Moretti Capital Holdings.
Su sonrisa desapareció.
La empresa de Bradley llevaba casi ocho meses intentando cerrar un contrato inmobiliario con una de las compañías relacionadas con Leo Moretti.
Era el negocio más importante de toda su carrera.
Abrió el correo.
Solo contenía una línea.
La reunión de mañana queda cancelada indefinidamente.
Bradley frunció el ceño.
—Qué extraño…
Antes de que pudiera pensar demasiado, sonó otra llamada.
Era su director financiero.
—Bradley, tenemos un problema.
—¿Qué ocurre?
—Tres inversionistas retiraron su participación hace menos de diez minutos.
—¿Por qué?
Del otro lado hubo unos segundos de silencio.
—No lo dicen… pero todos hicieron la misma pregunta.
—¿Cuál?
—Si seguimos teniendo una buena relación con Leo Moretti.
Bradley sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Nunca había conocido personalmente al hombre.
Ni siquiera estaba seguro de que Leo supiera quién era.
Entonces, ¿por qué su nombre acababa de aparecer exactamente después de encontrarse con Chloe?
En ese mismo instante, dentro de la clínica, el doctor terminó la revisión.
Chloe se incorporó lentamente.
Leo tomó una toalla y, con una delicadeza que habría resultado inimaginable para cualquiera que lo conociera, limpió el resto del gel de su vientre.
Fue un gesto breve.
Silencioso.
Protector.

El doctor Ellis observó la escena sin atreverse a intervenir.
Porque comprendió algo que muy pocos hombres en Nueva York llegarían a descubrir.
Leo Moretti ya no estaba protegiendo un acuerdo.
Estaba protegiendo a su familia.
Y cualquiera que volviera a hacer llorar a la madre de su hijo… estaba a punto de convertirse en el peor error de su propia vida.