Verónica tardó unos segundos en responder.
Demasiados.
Su sonrisa desapareció poco a poco.
—Yo… solo lo supuse.
Sebastián seguía sentado con Renata en brazos.
No levantó la voz.
Precisamente por eso todos los presentes parecían más nerviosos.
—¿Lo supusiste?
Ella asintió con rapidez.
—Una mujer sola siempre termina llamando al padre cuando pasa algo así.
Sebastián negó lentamente.
—Curioso.
Miró a uno de los guardias.
—Mariana nunca registró el nombre del padre en su expediente laboral.
El silencio cayó como una losa.
Yo misma me quedé inmóvil.
Era cierto.
Cuando entré a trabajar, había pedido expresamente que los datos personales relacionados con Renata permanecieran confidenciales.
Verónica no podía saber nada.
Sebastián acarició con cuidado la espalda de mi hija para que siguiera dormida.
Después habló con una calma inquietante.
—¿A quién llamaste exactamente?
Verónica tragó saliva.
—A… a un familiar.
—¿Cuál?
No respondió.
Sebastián extendió la mano.
—Dame tu teléfono.
Ella retrocedió un paso.
—No tiene derecho…
—Ahora mismo.
Los dos guardias intercambiaron una mirada.
Uno de ellos tomó el teléfono de la gerente y se lo entregó al dueño.
Sebastián revisó el historial de llamadas durante apenas unos segundos.
Su expresión cambió.
Le mostró la pantalla a Verónica.
—Hace veinte minutos llamaste tres veces al mismo número.
Volvió el teléfono hacia mí.
El nombre apareció claramente.
Estela Salgado.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Era mi suegra.
La mujer que llevaba meses repitiendo que yo era una mala madre porque criaba sola a Renata.
La misma que insistía en quitarme a mi hija “por su propio bien”.
—No… no puede ser… —murmuré.
Sebastián levantó otra vez la vista.
—¿Quién es?
—La madre de mi expareja.
Verónica intentó recuperar el control.
—Ella solo estaba preocupada por la niña.
—¿Y cómo obtuvo su número? —preguntó Sebastián.
No hubo respuesta.
Entonces el empresario se levantó lentamente.
Renata ni siquiera se despertó.
Parecía sentirse completamente segura entre sus brazos.
—Quiero ver las cámaras.
Cinco minutos después estábamos en la sala de monitoreo.
El encargado comenzó a reproducir las grabaciones.
A las 5:07.
Yo aparecía atendiendo una mesa.
A las 5:08.
Verónica miraba varias veces hacia el almacén.
A las 5:09.
Entró.
Un minuto después salió… con Renata envuelta en su cobija rosa.
Mi corazón dejó de latir.
No había sido un secuestro improvisado.
Había entrado directamente por ella.
Las imágenes continuaron.
Verónica caminó hasta el pasillo del sótano.
Dejó a mi hija sentada junto a la puerta de la oficina privada de Sebastián.
Miró alrededor.
Y regresó corriendo escaleras arriba.
Todo había durado menos de cuarenta segundos.
La sala quedó completamente muda.
Sebastián detuvo el video.
—¿Quieres explicarlo?
Verónica comenzó a llorar.
—Yo… solo quería darle una lección…
—¿Una lección?
—Pensé que si desaparecía unos minutos… todos descubrirían que era una irresponsable… y usted la despediría…
Sentí que las piernas me fallaban.
Había utilizado a mi hija de ocho meses como instrumento para destruir mi vida.
Sebastián permaneció inmóvil.
Luego hizo una llamada.
—Inspector Ramírez.
Necesito que venga inmediatamente a Casa Alcázar.
Tenemos evidencia de la sustracción deliberada de una menor.
Verónica cayó de rodillas.
—¡Por favor! ¡No llamen a la policía!
Pero Sebastián ya había colgado.
Yo extendí los brazos.
Él me devolvió cuidadosamente a Renata.
Mi hija abrió los ojos, me sonrió y apoyó la cabeza sobre mi hombro, como si nada hubiera ocurrido.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
Pensé que todo había terminado.
Me equivoqué.
Porque, mientras un guardia acompañaba a Verónica hacia la salida, Sebastián volvió a revisar el teléfono de la gerente.

Encontró un mensaje enviado apenas unos minutos antes.
Solo tenía una línea.
“Todo salió como planeamos. Hoy mismo le quitaremos a la niña.”
Y el nombre del contacto que lo había recibido hizo que la sangre se me helara por completo.