Valeria miró a su padre sin comprender.
—¿Qué acabas de hacer?
Don Ernesto guardó el viejo teléfono en el bolsillo de la chamarra.
—Lo que debí hacer hace mucho tiempo.
No añadió nada más durante el camino.
Solo condujo en silencio mientras su hija sostenía entre las manos el ala rota de la maqueta.
A las siete y cincuenta y ocho de la mañana siguiente, Mauricio entró en las oficinas de AeroLux con una sonrisa de satisfacción.
Todavía recordaba las risas de la noche anterior.
Estaba convencido de que, por fin, había dejado atrás a la esposa que consideraba un obstáculo para su nueva vida.
Su secretaria apareció corriendo.
—Ingeniero…
—Tenemos un problema.
Él dejó el portafolio sobre el escritorio.
—¿Qué pasó?
—Acaban de cancelar el vuelo de Monterrey.
—¿Por qué?
—El avión no salió.
Antes de que pudiera responder, sonó otro teléfono.
Después otro.
Y otro más.
En menos de cinco minutos, la oficina se convirtió en un caos.
—¡El Gulfstream tampoco despegó!
—¡El Challenger quedó inmovilizado!
—¡El Falcon de Cancún acaba de cancelar el plan de vuelo!
Mauricio golpeó el escritorio.
—¡¿Qué demonios está pasando?!
El director de operaciones apareció completamente pálido.
Traía una carpeta llena de contratos.
—Nos retiraron nueve aeronaves.
Mauricio sintió que el estómago se le cerraba.
—Eso es imposible.
—Son nuestras.
El hombre negó lentamente.
—No.
Abrió la primera página.
—Nosotros solo administrábamos los vuelos.
—Las aeronaves pertenecen a Grupo Aeronáutico Salgado.
Mauricio frunció el ceño.
Jamás había escuchado ese nombre.
—¿Quiénes son?
El director lo miró incrédulo.
—¿Nunca revisó los contratos originales?
Mauricio permaneció en silencio.
Porque nunca lo había hecho.
Mientras tanto, Valeria despertaba en la casa de su padre.
Encontró café recién hecho.
Y la maqueta cuidadosamente reparada sobre la mesa.
—Pensé que estaba destruida.
Don Ernesto sonrió.
—La madera siempre puede repararse.
Después dejó frente a ella un periódico económico.
En la portada aparecía un titular urgente.
“Nueve aeronaves ejecutivas suspenden operaciones simultáneamente.”
Valeria levantó la vista.
—Papá…
Él simplemente siguió sirviendo café.
A las nueve y media de la mañana, Mauricio recibió una videollamada.
En la pantalla apareció un hombre de cabello blanco.
—Soy Víctor Aguirre.
—Director de Grupo Aeronáutico Salgado.
Mauricio respondió con irritación.
—Necesito saber por qué inmovilizaron nuestros aviones.
Víctor corrigió inmediatamente.
—Nuestros aviones.
El silencio fue incómodo.
Víctor continuó.
—AeroLux incumplió varias cláusulas del contrato de arrendamiento operativo.
Mostró varios documentos.
—Mantenimiento diferido.
—Horas de vuelo alteradas.
—Facturación inconsistente.
—Y modificaciones contables que no coinciden con los registros de fábrica.
Mauricio sintió que empezaba a sudar.
—Eso debe ser un error.
Víctor negó.
—No.
—Por instrucciones del presidente del grupo, todos los contratos quedaron suspendidos a las ocho en punto.
Mauricio respiró hondo.
—Quiero hablar con ese presidente.
Víctor respondió con tranquilidad.
—Ya viene hacia acá.
Media hora después, las puertas de la sala de juntas se abrieron.
Mauricio levantó la vista.
Y dejó de respirar.
El hombre que acababa de entrar era don Ernesto.
La misma chamarra vieja.
El mismo rostro sereno.
Solo que ahora caminaba acompañado por abogados, auditores y dos directivos internacionales.
Nadie en la sala permaneció sentado.
Todos se pusieron de pie.
Víctor fue el primero en hablar.
—Buenos días, ingeniero Salgado.
Mauricio sintió un vacío en el pecho.
—¿Ingeniero…?
Víctor asintió.
—Fundador y presidente del Grupo Aeronáutico Salgado.
—Propietario mayoritario de las aeronaves que AeroLux opera desde hace doce años.
Mauricio miró incrédulo al hombre al que la noche anterior había llamado “viejo carpintero”.
Don Ernesto dejó cuidadosamente la maqueta reparada sobre la mesa.
El ala volvía a estar unida.
—Nunca fui carpintero.
Su voz seguía siendo tranquila.
—Soy ingeniero aeronáutico.
Hizo una breve pausa.
—Pero siempre preferí construir modelos de aviones con mi hija antes que presumir los de verdad.
Nadie dijo una sola palabra.
Entonces uno de los auditores abrió una carpeta roja.
—Antes de comenzar la revisión contractual…
Miró directamente a Mauricio.
—Necesitamos informar que esta mañana inició una auditoría financiera extraordinaria.
Deslizó un documento hacia el centro de la mesa.
En la primera página aparecía una cifra resaltada en negritas.
48,000,000 de pesos.
Mauricio levantó lentamente la vista.

—¿Qué significa eso?
El auditor respondió con absoluta serenidad.
—Es el monto de las operaciones que no hemos podido justificar.
Hizo una pausa antes de añadir la frase que cambió por completo el rumbo de la reunión.
—Y, según los primeros hallazgos, varias de esas autorizaciones fueron firmadas… después de que usted asumiera la dirección general.