El sonido metálico de la bandeja al caer hizo que toda la habitación quedara en silencio.
La enfermera abrió mucho los ojos.
Miró mi mano.
Después la de Nathan.
Y finalmente el anillo que seguía brillando en mi dedo anular.
—Doctor Hale… —dijo con evidente confusión—. ¿La paciente todavía lleva…?
Nathan la interrumpió con una sola mirada.
—Salga, por favor.
La enfermera dudó unos segundos.
Luego recogió la bandeja y salió apresuradamente.
Pero ya era demasiado tarde.
Había visto mi anillo.
Y había visto la expresión de Nathan.
Yo levanté lentamente la mano.
Giré el anillo bajo la luz.
—Hermano…
Si ella es tu esposa…
¿Por qué llevo uno igual al tuyo?
Nathan permaneció inmóvil.
Isabella fue la primera en reaccionar.
Sonrió con cierta rigidez.
—Seguramente Nathan te lo dio para tranquilizarte después del accidente.
Fruncí el ceño como si realmente estuviera intentando recordar.
—¿Los hermanos hacen eso?
Ella no respondió.
Nathan dio un paso hacia mí.
—Evelyn.
Dámelo.
Miré mi mano.
—¿Por qué?
—Porque podrías perderlo.
Retrocedí instintivamente.
—No quiero.
Fue la primera vez en toda la semana que vi impaciencia en sus ojos.
Solo duró un segundo.
Después volvió a convertirse en el hombre tranquilo de siempre.
—Está bien.
Cuando regreses a tu habitación hablaremos.
Esa tarde regresé sola.
En cuanto cerré la puerta del cuarto, dejé de actuar.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que me costaba respirar.
Abrí inmediatamente el cajón de la mesita.
Saqué mi teléfono.
Seguía bloqueado con reconocimiento facial.
Lo desbloqueé sin problemas.
Lo primero que hice fue buscar fotografías.
Nada.
Ni una sola imagen con Nathan.
Pensé que quizá las había eliminado por accidente.
Entré en la nube.
Vacía.
Abrí la aplicación de mensajes.
Los chats seguían allí.
Mi mejor amiga.
Mi madre.
Compañeros de trabajo.
Pero la conversación con Nathan…
Había desaparecido por completo.
Sentí un escalofrío.
Alguien había limpiado mi teléfono mientras yo estaba inconsciente.
Entonces recordé algo.
Nathan odiaba borrar información.
Decía que los datos siempre podían ser útiles.
Si había eliminado todo…
Era porque necesitaba ocultarlo.
A las ocho de la noche apareció el médico de guardia.
Revisó mis pupilas.
Anotó algo en la historia clínica.
Antes de irse, le pregunté con tono inocente:
—Doctor…
¿Cuánto tiempo llevo casada?
Él levantó la vista sorprendido.
—¿Casada?
Asentí.
—Mi hermano dice que no recuerdo bien las cosas.
El médico hojeó el expediente.
Frunció ligeramente el ceño.
—Aquí figura que su contacto principal es el profesor Nathan Hale…
Hizo una pausa.
—Con parentesco de…
De repente dejó de leer.
Como si acabara de darse cuenta de algo.
Cerró la carpeta demasiado rápido.
—Debe descansar.
Y salió sin responder.
Aquello confirmó mis sospechas.
Alguien había modificado mi expediente.
A la mañana siguiente fingí seguir confundida.
Nathan llegó temprano.
Traía fruta cortada y mi café favorito.
Se sentó junto a la cama.
—¿Cómo amaneció mi hermana?
Sonreí dulcemente.
—Muy bien.
Él pareció relajarse.
Mientras pelaba una mandarina, pregunté distraídamente:
—Hermano…
¿Dónde vivimos?
—En Maple Street.
—¿Y tu esposa también?
—Claro.
—Entonces…
¿Quién duerme en la habitación de al lado de la mía?
La mano que sostenía la mandarina se detuvo apenas un instante.
Muy poco.
Pero yo lo vi.
—Tú tienes tu habitación.
Nosotros la nuestra.
Asentí lentamente.
—Qué raro.
Anoche soñé que dormíamos juntos.
Nathan dejó la fruta sobre la mesa.
—Fue solo un sueño.
Esa misma tarde aproveché que salió a buscar unos documentos.
Me puse una bata encima del pijama y salí al pasillo.
No iba muy lejos cuando escuché dos enfermeras hablando cerca del control.
—Pobrecita…
—¿Cuál?
—La esposa del doctor Hale.
Me quedé inmóvil.
—¿La paciente del accidente?
—Sí.
Aunque ahora en el sistema aparece registrada como su hermana.
Dicen que cambiaron la ficha el mismo día que ingresó.
La otra enfermera abrió los ojos.
—¿Quién haría algo así?
La primera bajó la voz.
—No lo sé.
Pero fue una orden directa del director del hospital.
Sentí que la sangre se me helaba.
No era solo Nathan.
Alguien con poder dentro del hospital estaba ayudándolo.
En ese instante sonó un ascensor al final del pasillo.
Las dos enfermeras se callaron de golpe.
Yo también levanté la vista.
Nathan acababa de regresar.
Pero no venía solo.
Junto a él caminaba un hombre de unos sesenta años, impecablemente vestido, acompañado por dos abogados.
En cuanto me vio, su expresión cambió por completo.
Me observó fijamente durante varios segundos.

Después miró a Nathan y pronunció una frase que hizo que el suelo desapareciera bajo mis pies.
—Así que todavía no le has dicho que ella es la verdadera heredera de la Fundación Grant… y que Isabella nunca fue tu esposa legal.