Ethan permaneció inmóvil.
Nuestro hijo seguía aferrado a su camisa con una mano diminuta, completamente ajeno al terremoto que acababa de provocar.
—¿Depende de si todavía quiero divorciarme? —repitió lentamente.
Asentí.
—Sí.
Su mandíbula se tensó.
—Olivia… deja de jugar conmigo.
Bajé la mirada hacia el pequeño.
Ya tenía un año.
Cada semana encontraba un nuevo parecido con Ethan.
La forma de las cejas.
La sonrisa torcida.
Incluso aquella costumbre de fruncir el ceño cuando algo no le gustaba.
Había llegado el momento de dejar de esconder la verdad.
Respiré hondo.
—Es tu hijo.
El silencio fue tan profundo que pude escuchar el reloj de la pared.
Ethan no habló durante varios segundos.
Solo me observó.
Como si intentara descubrir si aquello era otra mentira.
Finalmente preguntó con voz ronca:
—¿Desde cuándo lo sabías?
—Desde el principio.
—¿Y nunca pensaste decírmelo?
Sonreí con amargura.
—Lo intenté.
Él frunció el ceño.
—No.
Negué lentamente.
—Cuando descubrí que estaba embarazada llamé a tu antiguo número durante dos semanas.
Saqué una pequeña caja del cajón.
La abrí.
Dentro había un teléfono viejo.
Todavía conservaba los registros.
Le mostré la pantalla.
Treinta y siete llamadas.
Todas sin respuesta.
Después le enseñé varios correos electrónicos.
Todos enviados a la dirección que él utilizaba entonces.
Nunca obtuvieron respuesta.
—Tu asistente me dijo que estabas comprometido.
Los ojos de Ethan se abrieron lentamente.
—¿Qué?
—También dijo que no querías que nadie de tu pasado volviera a buscarte.
Él negó con fuerza.
—Eso es imposible.
—Yo también lo creí.
Abrí otro mensaje.
Era la respuesta automática de su empresa.
“El señor Ethan Hale se encuentra en el extranjero por tiempo indefinido.”
Lo miró durante varios segundos.
Luego levantó lentamente la vista.
—Nunca vi ninguno de esos mensajes.
—Lo sé.
—Mi asistente renunció cuatro meses después de que me fui.
Dijo que había recibido una oferta mejor.
Nos quedamos en silencio.
Los dos comprendimos exactamente lo que había ocurrido.
Alguien había decidido por nosotros.
Y nosotros nunca hicimos la única cosa que podía haber cambiado todo.
Hablar.
Esa noche, después de acostar al niño, Ethan permaneció sentado solo en el salón.
Tenía entre las manos el pequeño coche de juguete favorito de nuestro hijo.
Cuando entré, seguía mirando el suelo.
—¿Sabes cuál fue la peor parte?
Me senté frente a él.
—¿Cuál?
Soltó una risa amarga.
—Nunca dejé de buscarte.
Lo miré sorprendida.
Él se levantó.
Fue hasta una estantería.
Sacó una carpeta gris.
La colocó sobre la mesa.
Dentro había fotografías.
Recortes.
Copias de artículos.
Direcciones.
Incluso un mapa con varias ciudades marcadas.
—Cada vez que regresaba al país preguntaba por ti.
Creía que te habías casado.
Que eras feliz.
Que no tenía derecho a aparecer otra vez.
Pasó lentamente una fotografía.
Era una imagen mía trabajando en el periódico.
No tenía idea de que alguien me hubiera tomado aquella foto.
—¿Me estuviste siguiendo?
Él negó enseguida.
—No.
Solo necesitaba saber que estabas bien.
Respiró profundamente.
—Cuando te vi aquel día frente al registro civil…
Sonrió con tristeza.
—Pensé que el destino estaba burlándose de mí.
Creí que llegaba demasiado tarde.
Bajó la cabeza.
—Y aun así te pedí que te casaras conmigo.
Porque prefería compartir una vida contigo y con el hijo de otro hombre…
…antes que seguir viviendo sin ti.
Sentí que las lágrimas me quemaban los ojos.
Durante todos aquellos meses había pensado que aquel matrimonio improvisado había sido un acto impulsivo.
Ahora comprendía que no.
Él todavía me amaba.
A la mañana siguiente sonó el timbre.
Era mi mejor amiga.
Entró sin esperar invitación.
Nos encontró desayunando los tres.
Observó a Ethan preparar el biberón mientras nuestro hijo intentaba quitarle la cuchara de la mano.
Después me miró.
—No entiendo nada.
Sonreí.
—Yo tampoco hace unos días.
Ella señaló a Ethan.
—¿Ya sabe?
Asentí.
—Todo.
Mi amiga suspiró aliviada.
—¡Por fin!
Ethan levantó la vista.
—¿Tú lo sabías?
Ella levantó ambas manos.
—Desde que Olivia descubrió el embarazo.
Él arqueó una ceja.
—¿Y tampoco dijiste nada?
—Me juró que respetaría su decisión.
Después añadió con una sonrisa burlona:
—Además, ustedes dos siempre fueron expertos en complicarse la vida solos.
Los tres reímos por primera vez en mucho tiempo.
Pero aquella tranquilidad duró apenas unos segundos.
El teléfono de Ethan comenzó a sonar.
En la pantalla apareció un nombre que hizo desaparecer inmediatamente su sonrisa.
Victoria Lawson.
La antigua asistente que había asegurado a Olivia que Ethan estaba comprometido… y que llevaba desaparecida más de un año.
Ethan contestó lentamente.
Escuchó apenas diez segundos.
Su expresión cambió por completo.
Colgó sin decir una palabra.
Lo miré preocupada.
—¿Qué ocurre?
Él dejó el teléfono sobre la mesa.
—Victoria quiere hablar.

Hizo una pausa antes de añadir:
—Dice que hace un año alguien le pagó una fortuna para mantenernos separados… y que ya no puede seguir guardando ese secreto.